Haydeé Santamaria     Alejo Carpentier         Julio Cortázar      
                                         
                                                         
            Eduardo Galeano     Mario Benedetti           Raúl Roa            
                                             
                                                         
            José Lezama Lima       Rodolfo Walsh           Roque Dalton            
                                                   
                                                         
            Manuel Galich   Manuel Rojas         María Rosa Oliver      
                                                   
                                                         
            Ana Miranda     Ángel Rama             Armando Hart          
                                                   
                                                         
            Carlos María Gutiérrez Leónidas Lamborghini Luis Suardíaz          
                                                   
                                                         
            Volodia Teitelboim       Samuel Feijóo         Rigoberta Menchú        
                                                   
                                                           
            Claudia Korol         Juan Gelman                            
                   
                   
                   
                   
           
    Haydeé Santamaría      
   

Hasta la victoria siempre, Che querido
[Carta de Haydée Santamaría al Che Guevara, escrita después del asesinato del Che en Bolivia.]

Che: ¿dónde te puedo escribir? Me dirás que a cualquier parte, a un minero boliviano, a una madre peruana, al guerrillero que está o no está pero estará. Todo esto lo sé, Che, tú mismo me lo enseñaste, y además esta carta no sería para ti. Cómo decirte que nunca había llorado tanto desde la noche en que mataron a Frank, y eso que esta vez no lo creía. Todos estaban seguros, y yo decía: no es posible, una bala no puede terminar el infinito, Fidel y tú tienen que vivir, si ustedes no viven, cómo vivir. Hace catorce años veo morir a seres tan inmensamente queridos, que hoy me siento cansada de vivir, creo que ya he vivido demasiado, el sol no lo veo tan bello, la palma, no siento placer en verla; a veces, como ahora, a pesar de gustarme tanto la vida, que por esas dos cosas vale la pena abrir los ojos cada mañana, siento deseos de tenerlos cerrados como ellos, como tú.

Cómo puede ser cierto, este continente no merece eso; con tus ojos abiertos, América Latina tenía su camino pronto. Che, lo único que pudo consolarme es haber ido, pero no fui, junto a Fidel estoy, he hecho siempre lo que él desee que yo haga. ¿Te acuerdas?, me lo prometiste en la Sierra, me dijiste: no extrañarás el café, tendremos mate. No tenías fronteras, pero me prometiste que me llamarías cuando fuera en tu Argentina, y cómo lo esperaba, sabía bien que lo cumplirías. Ya no puede ser, no pudiste, no pude. Fidel lo dijo, tiene que ser verdad, qué tristeza. No podía decir "Che", tomaba fuerzas y decía "Ernesto Guevara", así se lo comunicaba al pueblo, a tu pueblo. Qué tristeza tan profunda, lloraba por el pueblo, por Fidel, por ti, porque ya no puedo. Después, en la velada, este gran pueblo no sabía qué grados te pondría Fidel. Te los puso: artista. Yo pensaba que todos los grados eran pocos, chicos, y Fidel, como siempre, encontró los verdaderos: todo lo que creaste fue perfecto, pero hiciste una creación única, te hiciste a ti mismo, demostraste cómo es posible ese hombre nuevo, todos veríamos así que ese hombre nuevo es la realidad, porque existe, eres tú. Que más puedo decirte, Che. Si supiera, como tú, decir las cosas. De todas maneras, una vez me escribiste: "Veo que te has convertido en una literata con dominio de la síntesis, pero te confieso que como más me gustas es en un día de año nuevo, con todos los fusibles disparados y tirando cañonazos a la redonda. Esa imagen y la de la Sierra (hasta nuestras peleas de aquellos días me son gratas en el recuerdo) son las que llevaré de ti para uso propio". Por eso no podré escribir nunca nada de ti y tendrás siempre ese recuerdo.

Hasta la victoria siempre, Che querido.

Haydée

 

Pequeños, fijos, penetrantes ojos*
Fíjese, Rama, cuántos no criticaron a Che, cuántos no lo criticarán porque ellos no pueden ser Che, ve que cosa tan pequeña, otros no lo criticarán, dirán: ¿ni él pudo? Con eso muchos creerán que se dice de él algo grande y con eso le estarán haciendo una crítica muy sutil a sus ideas, porque él sí pudo, tal vez para seguir pudiendo le faltaron hombres que no fueron junto a él porque sabían que no podían ser él, esos son algunos, otros porque de verdad prefieren esa vida pequeña en el trajín diario y no hacer algo que puede lucir pequeño pero es grandioso al lado de la pequeñez cotidiana, por eso creo que debemos estar alertas, si no somos capaces de hacer cosas, hechos, sí tener honestidad para quienes todo lo dieron sin pedir nada, para quien teniendo todo, historia, un pueblo que lo hizo suyo, el poder para crear cosas grandes, pero más cómodamente, hijos, «críos» como decía él, una compañera que era amada por él y que lo adoraba, ¿qué más podía pedirle a la vida? Lo que no saben los pequeños es que él no le pedía nada a la vida, lo que deseaba era darle, todo lo dio y todo nos dejó.

Tal vez le harán justificados monumentos en bronce, en mármol, en piedra, no sé en qué se lo harán, lo que sí sé «que algún viajero llegará al anochecer, y sin sacudirse el polvo del camino, no preguntará dónde se come o se duerme, sino cómo se va adonde está la estatua» y allí rendirán generaciones y generaciones tributo «A todos: al héroe famoso y al último soldado, que es un héroe desconocido» , pero nunca tan desconocido para no rendirle ese tributo.

No puedo negarle, Rama, que el dolor nos aplasta por momentos la indignación, y sabiendo que ese viajero llegará un día, allí a su estatua, cuánto diéramos por ver sus ojos abiertos, ¿por qué si tantos que nada importaría que estuvieran abiertos o cerrados porque de ninguna forma ven, podrán estar muy abiertos pero sin luz, y la luz que puedan apagarla, aunque sea por un tiempo, sabemos muy bien, que otros alumbrarán, cuanto podían haber alumbrado esos, pequeños, fijos, penetrantes ojos, pero de todas maneras sabemos que alumbrarán y diremos, «Ahora es el viento, ahora es el Che peleando para siempre en el aire del mundo».

* Este fragmento pertenece a una carta de Haydée Santamaría dirigida a Ángel Rama con fecha 23 de noviembre de 1967.

     
    Alejo Carpentier
   

Héroe de América

Hablamos de América. Hablamos de Nuestra América. Cobramos conciencia de una realidad que, por vez primera, nada restringida, hacía de América una realidad en que debía pensarse en términos ecuménicos. América. Nuestra América. La de Martí. La del «amasijo de pueblos». Aquella que conoce «el desdén del vecino formidable que no la conoce», la de la masa que «quiere que la gobiernen bien» y gobierna ella misma, sacudiéndose el mal gobierno si ese gobierno de turno la lastima. Hablamos de América. Amamos esta América. Y esperábamos al hombre que, animado de una vasta y noble conciencia bolivariana, trabajara por esta América –por la América toda, no temiendo, para ello, acometer las empresas más difíciles y más peligrosas–. Y hubo un hombre que, en esta segunda mitad del siglo XX, hubo de acometer la tarea que tanto esperábamos –que esperaban tantos, y tantos miles y millones de desposeídos en esta América–. Ese hombre, de dimensión universal, de mente precisa, de pensamiento tan claro como la mirada, se hizo carne y habitó entre nosotros. Habitó entre nosotros, en Cuba, habitó después en algún lugar de América para nuestra América entera, pero, más aún, para una Revolución que rebasara nuestros límites geográficos para trascender a proyecciones mayores.
 
De ese hombre, tan querido y admirado en nuestra patria, habría de decir Fidel Castro: «No sólo lo temían viviente, pero, muerto, inspira un temor mayor... Si los imperialistas saben que un hombre puede ser eliminado físicamente, nada ni nadie puede eliminar un ejemplo semejante.»

Ejemplo indestructible y que, aun destruido en la persona, en nada habrá de menguar la lucha que se lleva adelante para la liberación de la América nuestra –la auténtica, la que verdaderamente podemos llamar “nuestra” en tiempo presente. El mito, la leyenda, la conseja, la tradición trasmitida de boca en boca, lleva, a lo ancho de las tierras, en el lomo de las cordilleras, a lo largo de los ríos, el nombre del Che. Nombre de un hombre por siempre inscrito en el gran martirologio de América, que se hizo uno con la idea misma de la Revolución– y, caído, habrá de levantar nuevas energías revolucionarias en el camino donde, según últimas páginas de su diario, el paso de sus hombres «había dejado huellas». Huellas que no se borran. Que jamás habrán de borrarse. Que quedan marcadas en el suelo del Continente entero. 

     
   

Julio Cortázar

   

Carta a Roberto Fernández Retamar
París, 29 de octubre de 1967.

Roberto, Adelaida, mis muy queridos:

Anoche volví a París desde Argel. Solo ahora, en mi casa, soy capaz de escribirles coherentemente; allá, metido en un mundo donde sólo contaba el trabajo, dejé irse los días como en una pesadilla, comprando periódico tras periódico, sin querer convencerme, mirando esas fotos que todos hemos mirado, leyendo los mismos cables y entrando hora a hora en la más dura de las aceptaciones. Entonces me llegó telefónicamente tu mensaje, Roberto, y entregué ese texto que debiste recibir y que vuelvo a enviarte aquí por si hay tiempo de que lo veas otra vez antes de que se imprima, pues sé lo que son los mecanismos del télex y lo que pasa con las palabras y las frases. Quiero decirte esto: no sé escribir cuando algo me duele tanto, no soy, no seré nunca el escritor profesional listo a producir lo que se espera de él, lo que le piden o lo que él mismo se pide desesperadamente. La verdad es que la escritura, hoy y frente a esto, me parece la más banal de las artes, una especie de refugio, de disimulo casi, la sustitución de lo insustituible. El Che ha muerto y a mí no me queda más que silencio, hasta quién sabe cuándo; si te envié este texto fue porque eras tú quien me lo pedía, y porque sé cuánto querías al Che y lo que él significaba para ti. Aquí en París encontré un cable de Lisandro Otero pidiéndome ciento cincuenta palabras para Cuba. Así, ciento cincuenta palabras, como sin uno pudiera sacarse las palabras del bolsillo como monedas. No creo que pueda escribirlas, estoy vacío y seco, y caería en la retórica. Y eso no, sobre todo eso no. Lisandro me perdonará mi silencio, o lo entenderá mal, no me importa; en todo caso tu sabrás lo que siento. Mira, allá en Argel, rodeado de imbéciles burócratas, en una oficina donde se seguía con la rutina de siempre, me encerré una y otra vez en el baño para llorar; había que estar en un baño, comprendes, para estar solo, para poder desahogarse sin violar las sacrosantas reglas del buen vivir en una organización internacional. Y todo esto que te cuento también me avergüenza porque hablo de mí, la eterna primera persona del singular, y en cambio me siento incapaz de decir nada de él. Me callo entonces. Recibiste, espero, el cable que te envié antes de tu mensaje. Era mi única manera de abrazarte, a ti y a Adelaida, a todos los amigos de la Casa. Y para ti también es esto, lo único que fui capaz de hacer en esas primeras horas, esto que nació como un poema y que quiero que tengas y que guardes para que estemos más juntos.


Che

Yo tuve un hermano.

No nos virnos nunca
pero no importaba.

Yo tuve un hermano
que iba por los montes
mientras yo dormía.
Lo quise a mi modo,
le tomé su voz
libre como el agua,
caminé de a ratos
cerca de su sombra.

No nos vimos nunca
pero no importaba,
mi hermano despierto
mientras yo dormía,
mi hermano mostrándome
detrás de la noche
su estrella elegida.


Ya nos escribiremos. Abraza mucho a Adelaida. Hasta siempre,

Julio

 

Mensaje al hermano
Ahora serán las palabras, las más inútiles o las más elocuentes, las que brotan de las lágrimas o de la cólera; ahora leeremos bellas imágenes sobre el fénix que renace de las cenizas, en poemas y discursos se irá fijando para siempre la imagen del Che. También éstas que escribo son palabras, pero no las quiero así, no quiero yo ser quien hable de él. Pido lo imposible, lo más inmerecido, lo que me atreví a hacer una vez, cuando él vivía: pido que sea su voz la que se asome aquí, que sea su mano la que escriba estas líneas. Sé que es absurdo y que es imposible, y por eso mismo creo que él escribe esto conmigo, porque nadie supo mejor hasta qué punto lo absurdo y lo imposible serán un día la realidad de los hombres, el futuro por cuya conquista dio su joven, su maravillosa vida. Usa entonces mi mano una vez más, hermano mío, de nada les habrá valido cortarte los dedos, de nada les habrá valido matarte y esconderte con sus torpes astucias. Toma, escribe: lo que me quede por decir y por hacer lo diré y lo haré siempre contigo a mi lado. Sólo así tendrá sentido seguir viviendo.

                                                                        Julio Cortázar

     
   

Eduardo Galeano

   

El nacedor


¿Por qué será que el Che tiene esta peligrosa costumbre de seguir naciendo? Cuanto más lo insultan, lo traicionan, más nace. Él es el más nacedor de todos.

¿No será porque el Che decía lo que pensaba, y hacía lo que decía? ¿No será que por eso sigue siendo tan extraordinario, en un mundo donde las palabras y los hechos muy rara vez se encuentran, y cuando se encuentran no se saludan, porque no se reconocen?

Primera impresión del Che

(Especial de Eduardo Galeano para el Centro de Estudios Che Guevara, a cuarenta y cinco años de la intervención de Ernesto Che Guevara ante la conferencia del Consejo Interamericano Económico Social, el 8 de agosto en 1961 en Punta del Este, Uruguay.)

Hay plantas, como el cacao, que crecen al sol, cuando hay, y si no hay crecen a la sombra. Escuché decir que no necesitan sol porque lo llevan dentro.

El Che era una de esas plantas, y por eso sigue siendo.

De la primera vez que lo vi, en Punta del Este, hace añares, recuerdo aquel esplendor. Supongo, no sé, que era luz nacida de la fe. Y que no era fe en los dioses sino en nosotros, los humanitos, y en la terrestre energía capaz de hacer que mañana no sea otro nombre de hoy.

     
   

Mario Benedetti

   

Consternados, rabiosos

Así estamos.
Consternados, rabiosos.
Aunque esta muerte sea uno de los absurdos previsibles.
Da vergüenza mirar los cuadros, los sillones, las alfombras.
Sacar una botella del refrigerador.
Teclear las tres letras mundiales de tu nombre en la rígida máquina que nunca, nunca, estuvo con la cinta tan pálida.
Vergüenza tener frío y arrimarse a la estufa como siempre.
Tener hambre y comer, esa cosa tan simple.
Abrir el tocadiscos y escuchar en silencio sobre todo si es un cuarteto de Mozart.
Da vergüenza el confort y el asma da vergüenza.
Cuando tu comandante, estas cayendo, ametrallado, fabuloso, nítido, eres nuestra conciencia acribillada.
Dicen que te quemaron.
Con qué fuego van a quemar las buenas, buenas nuevas.
La irascible ternura que trajiste y llevaste con tu tos, con tu barro.
Dicen que incineraron toda tu vocación, menos un dedo.
Basta para mostrarnos el camino, para acusar al monstruo y sus tizones, para apretar de nuevo los gatillos.
Así estamos, consternados, rabiosos.
Claro que con el tiempo la plomiza consternación se nos ira pasando.
La rabia quedará, se hará más limpia.
Estás muerto, estás vivo, estás cayendo, estás nube, estás lluvia, estás estrella.
Donde estés si es que estás, si estás llegando, aprovecha por fin a respirar tranquilo, a llenarte de cielo los pulmones.
Donde estés, si es que estás, si estás llegando, será una pena que no exista Dios, pero habrá otros, claro que habrá otros, dignos
     
    Raúl Roa
   

Che
La última vez que hablé con Che fue unos días antes de que emproara quijotescamente hacia otras tierras del mundo que requerían su brazo, su pensamiento y su corazón. Departimos sobre variados temas y, especialmente, en torno a su reciente viaje por África y Asia y a su comparecencia en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Cada palabra suya efundía luz ardiente y un extraordinario júbilo asomaba a sus ojos inquietos y penetrantes. Mientras sorbía con moroso deleite el humo aromático de su tabaco, manoseaba la boina negra en que resplandecía la estrella obtenida a punta de arrestos, abnegaciones y hazañas. De súbito, se puso en pie y, con un efusivo apretón de manos, me dijo, a guisa de despedida: “Mañana salgo para Oriente a cortar caña un mes.” “Eh, ¿no vienes con nosotros?” “No; esta vez no.” Y, con su aire sencillo, su andar característico y su respiración cortada, se marchó saludando a cuantos le salieron al paso en el jardín del Ministerio.


Fue esa la última vez que hablé con Che. Pero no podría sospechar que sería, asimismo, la última vez que lo viera. Supe, después, dónde estaba, y, aunque morir peleando es gaje del oficio de guerrillero, tampoco dudé de verlo retornar vivo y triunfante, como entró en La Habana al frente de su columna invasora, tras desafiar rigores, asechanzas y peligros. No solo lo creía invencible, sino, además, invulnerable, como me ocurre con Fidel. Hombre excepcionalmente dotado para las más nobles y arduas empresas, siempre pensé que sería también excepcional el destino de un revolucionario que aún tenía mucho que hacer en el mundo. Su siembra en los surcos heridos de nuestra América –entre el follaje caliente de la selva y el frío fulgor de la montaña– me sorprendió en las Naciones Unidas y me dejó anonadado. Horas tan amargas como esas he padecido pocas veces en mi vida revolucionaria. Puedo enumerarlas: las subsiguientes a la muerte de Julio Antonio Mella, de Rubén Martínez Villena, de Antonio Guiteras, de Pablo de la Torriente Brau y de Camilo Cienfuegos, combatientes de vanguardia desaparecidos a mitad de jornada. En cuanto a la prematura caída de Che, me resistí a admitirla en tanto Fidel no la confirmó en el más acongojado y enhiesto discurso que yo haya oído. Y no solo percibí entonces la magnitud de su significación para el pueblo cubano y los pueblos a que se había generosamente ofrendado, sino también me percaté de la hondura insondable del desgarramiento que entrañaba para sus familiares, amigos y compañeros.


Conocí a Che durante mi destierro en México, una noche en que fui a visitar a su compatriota Ricardo Rojo. Acababa de llegar de Guatemala, donde había ejercitado adversamente sus primeras armas revolucionarias y antiimperialistas. Aún le obsedía el recuerdo pugnaz de la batalla trunca.


Parecía y era muy joven. Su imagen se me clavó en la retina: inteligencia lúcida, palidez ascética, respiración asmática, frente protuberante, cabellera tupida, talante seco, mentón enérgico, ademán sereno, mirada inquisitiva, pensamiento afilado, palabra reposada, sensorio vibrante, risa clara y como una irradiación de sueños magnos nimbándole la figura.
Empezaba a trabajar a la sazón en el Departamento de Alergia del Instituto de Cardiología. La plática se tranzó alrededor de Argentina, Guatemala y Cuba y de sus problemas como problema de la América Latina. Ya Che había traspuesto el angosto horizonte de los “nacionalismos” criollos para transformarse en revolucionario continental. Nuestra América es la sobrepatria común y la lucha por su emancipación del dominio imperialista es una e indivisible. La vieja y nueva ruta de Bolívar, de San Martín, de Martí.
Su conocimiento de la dramática situación imperante en Cuba y de la estrategia revolucionaria planteada por Fidel Castro con su asalto al Cuartel Moncada, lo debía, en buena medida, a sus largas conversaciones en Guatemala con Ñico López, sobreviviente de la audaz acción. El heroico episodio y la indoblegable determinación de Fidel de proseguir la contienda hasta coronarla le habían cimentado las convicciones y abierto nuevas perspectivas. Su posterior encuentro con aquél decide su total y definitiva incorporación a la Revolución Cubana, y en los anales de la historia revolucionaria se inscribe un nombre tan breve como potencialmente henchido de resonancias descomunales: Che. Y en la Sierra Maestra, primer avatar de su biografía de revolucionario sin fronteras, encontraría Che su verdadero camino, el que ya había vislumbrado confusamente en sus andanzas por la América Latina. Cronista de la epopeya que le cuenta entre sus protagonistas egregios, Che nos da su medida humana y su talla guerrillera al referir las proezas de otros y vertebrar el desarrollo de la campaña a su cargo, que rivaliza, en coraje y arrojo, con las de Antonio Maceo y Máximo Gómez. Las páginas que dedicó a la invasión simultánea de su Columna y la de Camilo Cienfuegos, figuran ya, por su lenguaje directo, sobrio y expresivo, traspasado por un sutil élan poético, como modelo en el género. Su estilo inconfundible transparenta al hombre.


En el campo de la acción y de la teoría revolucionarias, el aporte de Che es sobremanera valioso por su calado y alcance: allí están, urgidos de colectarse, sus numerosos ensayos, artículos y discursos. Fue, a la par, consumado actor y teórico de la guerra de guerrillas; y, de fijo, un pensador profundo y vital que, a la luz de las peculiaridades del proceso revolucionario cubano, le insufló lozanía tonificante a la teoría marxista-leninista, aplicando sus concepciones creadoras a las múltiples y complejas tareas que se le confiaron. Entre sus méritos extraordinarios, sobresale el de haber sido uno de los arquitectos de la nueva sociedad socialista y comunista que edifica el pueblo cubano, sin darle cuartel al enemigo.


Che puede mostrarse a los intelectuales del Tercer Mundo como el arquetipo del intelectual revolucionario. Y, a todos los comunistas del mundo, como un comunista de cuerpo entero y, a la vez, como la más expresión en nuestro tiempo del internacionalista proletario. Nada humano ni revolucionario le fue ajeno. De ahí que sintiera, como propia, la causa revolucionaria de todos los pueblos y estuviese dispuesto a pelear y morir bajo sus banderas. Su carta de despedida a Fidel y su mensaje a la Tricontinental constituyen su más puro e incitante legado a los revolucionarios de todos los parajes, comprometidos a hacer su revolución como parte indisoluble de la revolución mundial. Y Che hizo, con sobrecogedora naturalidad, todo lo que predicaba, sirviéndole de epitafio sus propias palabras premonitorias, que son un acto de fe revolucionaria y una exhortación a la prosecución del combate:


Toda nuestra acción es un grito de guerra contra el imperialismo y un clamor por la unidad de los pueblos contra el gran enemigo del género humano: los Estados Unidos de Norteamérica. En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte, bienvenida sea, siempre que ése, nuestro grito de guerra, haya llegado hasta un oído receptivo y otra mano se tienda para empuñar nuestras armas, y otros hombres se apresten a entonar los cantos luctuosos con tableteo de ametralladoras y nuevos gritos de guerra y de victoria.


Y, como dijera Fidel, hablando por todos, “millones de manos inspiradas en el ejemplo del Che se extenderán para empuñar las armas”.


No me ha sido dable ahora escribir sobre Che lo que quisiera; lo haré pronto y largo, deteniéndome en sus hechos y sus dichos, que integran la síntesis palpitante de una de las vidas más limpias y erguidas que se recuerden y, por ende, digna de imitación cotidiana. Este es solo un férvido tributo de admiración, cariño y respeto al revolucionario y al hombre, cuya presencia es llama perenne en la conciencia de los humildes y explotados de la América Latina, África y Asia. La estremecedora repercusión de su holocausto anticipa su posteridad militante. Como todos los adalides revolucionarios caídos en el cumplimiento de su deber, una vida nueva –resurrecta en símbolo actuante y dirigente– se inicia para Che, personaje legendario de la revolución ya en marcha en los tres continentes que el imperialismo saquea, sojuzga y afrenta.


Si, como sentencia el poeta, “deja quien lleva y vive el que ha vivido”, al ser físicamente aniquilado Che deja el reservorio inagotable de sus ideas, sentimientos y virtudes. Deja, en suma, su ejemplo. Y, porque solo “vive el que ha vivido”, la presencia del Che será eterna en la historia y en la vida, como primavera en constante renuevo. Codo con codo seguirá a nuestro lado, fulgiendo con destellos impares su estrella de comandante del pueblo, de apóstol de la revolución comunista, de forjador de victorias que ya se presienten, como lava que hierve en el subsuelo.
 

     
    José Lezama Lima
   

Ernesto Guevara, comandante nuestro
Ceñido por la última prueba, piedra pelada de los comienzos para oír las inauguraciones del verbo, la muerte lo fue a buscar. Saltaba de chamusquina para árbol, de alquileida caballo hablador para hamaca donde la india, con su cántaro que coagula los sueños, lo trae y lo lleva. Hombre de todos los comienzos, de la última, del quedarse con una sola muerte, de particularizarse con la muerte, piedra sobre piedra, piedra creciendo el fuego.

Las citas con Tupac Amaru, las charreteras bolivarianas sobre la plata del Potosí, le despertaron los comienzos, la fiebre, los secretos de ir quedándose para siempre. Quiso hacer de los Andes deshabitados, la casa de los secretos. El huso del transcurso, el aceite amaneciendo, el carbunclo trocándose en la sopa mágica. Lo que se ocultaba y se dejaba ver era nada menos que el sol, rodeado de medialunas incaicas, de sirenas del séquito de Viracocha, sirenas con sus grandes guitarras. El medialunero Viracocha transformando las piedras en guerreros y los guerreros en piedras. Levantando por el sueño y las invocaciones la ciudad de las murallas y las armaduras. Nuevo Viracocha, de él se esperaban todas las saetas de la posibilidad y ahora se esperaban todas las saetas de la posibilidad y ahora se esperan todos los prodigios en la ensoñación.

Como Anfiareo, la muerte no interrumpe sus recuerdos. La aristía, la protección en el combate, la tuvo siempre a la hora de los gritos y la arreciada del cuello, pero también la areteia, el sacrificio, el afán de holocausto. El sacrificarse en la pirámide funeral, pero antes dio las pruebas terribles de su tamaño para la transfiguración. Donde quiera que hay una piedra, decía Nietzsche, hay una imagen. Y su imagen es uno de los comienzos de los prodigios, del sembradío en la piedra, es decir, el crecimiento tal como aparece en las primeras teogonías, depositando la región de la fuerza en el espacio vacío.

     
    Rodolfo Walsh
   

Guevara

¿Por quien doblan las campanas? Doblan por nosotros. Me resulta imposible pensar en Guevara, desde esta lúgubre primavera de Buenos Aires, sin pensar en Hemingway, en Camilo, en Masetti, en Fabricio Ojeda, en toda esa maravillosa gente que era La Habana o pasaba por La Habana en el '59 y el '60. La nostalgia se codifica en un rosario de muertos y da un poco de vergüenza estar aquí sentado frente a una máquina de escribir, aun sabiendo que eso también es una especie de fatalidad, aun si uno pudiera consolarse con la idea de que es una fatalidad que sirve para algo.

Lo veo a Camilo, una mañana de domingo, volando bajo en un helicóptero sobre la playa de Coney Island, asomándose muerto de risa y la muchedumbre que gozaba con él desde abajo. Lo oigo al viejo Hemingway, en el aeropuerto de Rancho Boyeros, decir esas palabras penúltimas: "Vamos a ganar, nosotros los cubanos vamos a ganar". Y ante mi sorpresa: "I'm not a yankee, you know".

Interminablemente veo a Masetti en las madrugadas de Prensa Latina, cuando ya se tomaba mate y se escuchaban unos tangos, pero el asunto que volvía era el de esa revolución tan necesaria, aunque hoy se presente tan dura, tan vestida con la sangre de la gente que uno ha admirado o simplemente quiso.

Nunca sabíamos en Prensa Latina cuando iba a venir el Che, simplemente caía sin anunciarse, y la única señal de su presencia en el edificio eran dos guajiritos con el glorioso uniforme de la sierra, uno se estacionaba junto al ascensor, otro ante la oficina de Masetti, metralleta al brazo. No sé exactamente por que daban la impresión de que se harían matar por Guevara, y que cuando eso ocurriera no sería fácil.

Muchos tuvieron mas suerte que yo, conversaron largamente con Guevara. Aunque no era imposible ni siquiera difícil, yo me limité a escucharlo, dos o tres veces, cuando hablaba con Masetti. Había preguntas por hacer pero no daban ganas de interrumpir o quizá las preguntas quedaban contestadas antes de que uno las hiciera. Sentía lo que él cuenta que sintió al ver por única vez a Frank País: sólo podrá precisar en este momento que sus ojos mostraban enseguida el hombre poseído por una causa y que ese hombre era un ser superior. Yo leía sus artículos en Verde Olivo, lo escuchaba por TV: parecía suficiente, porque Che Guevara era hombre sin desdoblamiento. Sus escritos hablaban con su voz, y su voz era la misma en el papel o entre dos mates en aquella oficina del Retiro Médico. Creo que los habaneros tardaron un poco en acostumbrarse a él, su humor frío y seco, tan porteño, debía caerles como un chubasco. Cuando lo entendieron, era uno de los hombres más queridos de Cuba.

De aquel humor se hacía la primera víctima. Que yo recuerde, ningún jefe de ejército, ningún general, ningún héroe se ha descrito a sí mismo huyendo en dos oportunidades. Del combate de Bueycito, donde se le trabó la ametralladora frente a un soldado enemigo que lo tiroteaba desde cerca, dice: "Mi participación en aquel combate fue escasa y nada heroica, pues los pocos tiros los enfrenté con la parte posterior del cuerpo". Y refiriéndose a la sorpresa de Altos de Espinosa: "No hice nada más que una 'retirada estratégica' a toda velocidad en aquel encuentro". Exageraba él estas cosas, cuando todos sabían lo que acaba de recordar Fidel, que lo difícil era sacarlo del lugar, donde hubiera mas peligro. Dominaba su vanidad como el asma. En esa renuncia a las últimas pasiones, estaba el germen del hombre nuevo de que hablaba.

Guevara no se proponía como un héroe: en todo caso, podía ser un héroe a la altura de todos. Pero esto, claro, no era cierto para los demás. Su altura era anonadante: resultaba más fácil a veces desistir que seguirlo, y lo mismo ocurría con Fidel y la gente de la Sierra. Esta exigencia podía ponemos en crisis, y esa crisis tiene ahora su forma definitiva, tras los episodios de Bolivia.

Dicho mas simplemente: nos cuesta a muchos eludir la vergüenza, no de estar vivos –porque no es el deseo de la muerte, es su contrario, la fuerza de la revolución–, sino de que Guevara haya muerto con tan pocos alrededor. Por supuesto, no sabíamos; oficialmente no sabíamos nada, pero algunos sospechábamos, temíamos. Fuimos lentos, ¿culpables? Inútil ya discutir la cosa, pero ese sentimiento que digo está, al menos para mí, y tal vez sea un nuevo punto de partida.

El agente de la CIA que según la agencia Reuter codeó y panceó a cien periodistas que en Vallegrande pretendían ver el cadáver, dijo una frase en inglés: " All right, get the hell out of here".


Esta frase con su sello, su impronta, su marca criminal, queda propuesta para la historia. Y su necesaria réplica: alguien tarde o temprano se irá al carajo de este continente. No será la memoria del Che.

Que ahora está desparramado en cien ciudades entregado al camino de quienes no lo conocieron

Buenos Aires, octubre de 1967

     
    Roque Dalton
   

Combatiendo por la libertad de la América Latina ha muerto nuestro comandante Ernesto Guevara

Ha sido la noticia que más nos ha golpeado el corazón en los últimos años, que más ha herido nuestros pensamientos; para nosotros, el comandante Guevara era la encarnación de lo más puro y lo más hermoso que existe en el seno de esa actividad grandiosa que nos impone nuestra época: la lucha por la liberación de la humanidad; la profunda lección moral y política de su vida y de su muerte forma desde ahora parte inapreciable del patrimonio revolucionario de todos los pueblos del mundo. Y así su desaparición física es un hecho irreparable para el cual no debemos escatimar lágrimas de hombres y revolucionarios; la actitud fundamental a que nos obliga su actual inmortalidad histórica es la de hacernos verdaderamente dignos de su ejemplar sacrificio.

Ser dignos de la vida y de la muerte del gran combatiente revolucionario, comandante Ernesto Guevara. Ésta es la consigna que debe unir a los revolucionarios latinoamericanos en el duro combate contra el enemigo común de la humanidad: el imperialismo norteamericano.


Credo al Che
El Che Jesucristo
fue hecho prisionero
después de concluir su sermón en la montaña
(con fondo de tableteo de ametralladoras)
por rangers bolivianos y judíos
comandados por jefes yankees-romanos.
Lo condenaron los escribas y fariseos revisionistas
cuyo portavoz fue Caifás Monje
mientras Poncio Barrientos trataba de lavarse las manos
hablando en inglés militar
sobre las espaldas del pueblo que mascaba hojas de coca
sin siquiera tener la alternativa de un Barrabás
(Judas Iscariote fue de los que desertaron de la guerrilla
y enseñaron el camino a los rangers)
Después le colocaron a Cristo Guevara
una corona de espinas y una túnica de loco
y le colgaron un rótulo del pescuezo en son de burla
INRI: Instigador Natural de la Rebelión de los Infelices
Luego lo hicieron cargar su cruz encima de su asma
y lo crucificaron con ráfagas de M-2
y le cortaron la cabeza y las manos
y quemaron todo lo demás para que la ceniza
desapareciera con el viento
En vista de lo cual no le ha quedado al Che otro camino
que el de resucitar
y quedarse a la izquierda de los hombres
exigiéndoles que apresuren el paso
por los siglos de los siglos
Amén.

"Jorge Cruz" (Roque Dalton)

     
    Manuel Galich
   

Che: encarnación del hombre nuevo 

...a educar, instruir y formar hombres universalmente desarrollados y universalmente preparados, hombres que lo sabrán hacer todo. Hacia eso marcha, debe marchar y llegará el comunismo,  mas únicamente dentro de muchos años.

                                                                                                Lenin

 1. Su amor a la «humanidad viviente»

«Acabo estas notas en viaje por el África, animado del deseo de cumplir, aunque tardíamente, mi promesa», escribió el comandante Che Guevara, al encabezar su respuesta al director del semanario Marcha, de Montevideo, Carlos Quijano. Y, casi al final de esa respuesta, estas otras líneas: «Si esta carta balbuceante aclara algo, ha cumplido el objetivo con que la mando.»

Obviamente, sólo se trataba de contestar algunas cuestiones que Quijano habría planteado a Guevara sobre el proceso de la Revolución Cubana. Y es evidente que las respuestas no fueron preparadas en la tranquilidad de un gabinete de trabajo, entre la meditación, la consulta y la elaboración cuidadosa del texto, sino en los pocos momentos libres, quizá sólo los del vuelo en avión de una ciudad a otra, durante la gira por gran parte del Tercer Mundo, en 1965. De allí el calificativo de «balbuceante» que el propio Guevara dio a su carta a Quijano.

Sin embargo, del pensamiento y de la pluma del gran revolucionario latinoamericano no podía salir nada balbuceante, aunque él, excesivamente autocrítico, severo y objetivo, empleara el término, quizá para dar a entender no sólo las circunstancias apremiantes y mutables dentro de las cuales había sido escrita la carta, sino también –es una conjetura– el hecho de que ese documento sólo contenía ideas en germen que él se propondría ahondar, desarrollar y ampliar más tarde. Esto es lo que se piensa al considerar cómo, en tan pocas páginas, condensó un caudal tan denso de ideas políticas y filosóficas, que obligan a volver sobre ellas, una y otra vez, para penetrar su sentido profundo.

Porque El socialismo y el hombre en Cuba, como después se llamó y como es conocida la carta a Quijano, es, por una parte, el recuento breve o, mejor dicho, el severo análisis de las condiciones en que se ha desarrollado la Revolución en Cuba, desde las luchas iniciales contra la tiranía hasta las ingentes tareas de la construcción del socialismo; y, por otra, la visión maravillosa de lo que será el hombre del mañana, en la nueva sociedad comunista, dueño de sí mismo y no enajenado a otros, como en el capitalismo. Pero ya aquí, el propio desarrollo dialéctico del pensamiento de Guevara trasciende lo histórico concreto del hombre de la Cuba revolucionaria y amplía su visión al hombre universal, integrado con todos los otros hombres en una gran colectividad armónica y solidaria llamada humanidad.

Cuando Guevara nos analiza la función del individuo en los primeros momentos de la guerra revolucionaria; el proceso de proletarización del pensamiento de los que libraban esa guerra; el papel, la importancia y la razón de ser de la vanguardia revolucionaria respecto a la masa; la incorporación posterior de ésta en el proceso, su función cada vez más decisiva y la estrecha interrelación –dialéctica la llama Guevara– entre ella y el dirigente –en el caso de Cuba, Fidel Castro–, en cuanto intérprete cabal de las aspiraciones colectivas, y tantos otros aspectos del desarrollo revolucionario, lo hace con la veracidad y la autoridad de quien fue uno de los primeros comandantes de las guerrillas, orientador ideológico de la masa y depositario de primerísimas responsabilidades en el gobierno que asumió la tarea de rehacer –casi podríamos decir que ex novo– la sociedad cubana. Pero también cuando va formando, a través de sus consideraciones críticas sobre lo que es, y lo que debe ser, la imagen del hombre nuevo, y ésta surge esplendorosa, magnífica, uno comprueba que está frente a una posibilidad, frente a algo que ha sido ya realidad, no ante una utopía, ni ante una concepción del ser humano lleno de adornos llamados «derechos», posible sólo en el plano de las abstracciones, como el que surgió de la filosofía liberal del siglo XVIII. Y se piensa así, porque la existencia del comandante Guevara fue un ascenso constante, una búsqueda ininterrumpida hacia ese perfeccionamiento del hombre nuevo. En otras palabras, él fue verdadera encarnación de esa imagen humana que surge de las páginas de El socialismo y el hombre en Cuba. Porque el comandante Guevara, hombre de excepción, no criticó nunca lo que no hubiera hecho antes, y no enunció postulados que inmediatamente no ejemplificara con sus hechos.

Por eso es aquí el lugar –creo yo– de transcribir una página cuyo valor extraordinario está, ciertamente, en su vigor revolucionario, en la fuerza aleccionadora de su contenido; pero lo está mucho más en el hecho de haber sido rubricada con la propia sangre de quien la escribió. Es ésta:

El revolucionario, motor ideológico de la revolución dentro de su partido, se consume en esa actividad ininterrumpida que no tiene más fin que la muerte, a menos que la construcción se logre en escala mundial. Si su afán de revolucionario se embota cuando las tareas más apremiantes se ven realizadas a escala local y se olvida el internacionalismo proletario, la revolución que dirige deja de ser una fuerza impulsora y se sume en una cómoda modorra, aprovechada por nuestro enemigo irreconciliable, el imperialismo, que gana terreno. El internacionalismo proletario es un deber, pero también es una necesidad revolucionaria.

¿No es ésa una síntesis impresionante de lo que fue la vida y también la muerte del comandante Guevara? ¿No es éste el principio, la convicción, la fe que dictó al comandante Guevara su carta al comandante Fidel Castro, y lo que guió sus pasos desde que salió de Cuba hasta su gloriosa caída en Bolivia? Ni los más romos, ni los más insidiosos, ni los más frenéticos enemigos de la Revolución han podido empañar la inmaculada calidad revolucionaria de Guevara, ni han logrado mistificar las motivaciones superiores –en un plano ético– de sus acciones. Nadie ha osado desconocer que su existencia de guerrero tenaz tuvo una innegable ejemplaridad y obedeció fielmente a esta norma escrita junto a la página que he copiado antes: «Todos los días hay que luchar por que ese amor a la humanidad viviente se transforme en hechos concretos, en actos que sirvan de ejemplo, de movilización.»

No por otra causa dio su vida el comandante Guevara, sino por «ese amor a la humanidad viviente».

2. En la construcción del socialismo

La imagen del hombre nuevo es lo que hay que alcanzar, es hacia donde debe marchar la sociedad revolucionaria en transformación. Pero el punto de partida es otro y no puede dejar de ser ése: es todavía la vieja sociedad en vía de desaparición, pero tenaz en sus remanentes. Puede haberse barrido a las clases de aquella vieja sociedad, como tales; pero es imposible que no subsistan los seres humanos, cuyos conceptos y valores les fueron inculcados en tal sociedad o los recibieron heredados de ella. Y aquí no se trata del contrarrevolucionario, elemento consciente que sueña con el retorno del régimen caído, por afán de rescate de sus intereses o simplemente por deformación dogmática e incapacidad definitiva para abrirse a toda renovación. No. Se trata, al contrario, del mismo que fue víctima como clase y como individuo de la vieja sociedad, que, precisamente por eso, va a la zaga del todo social, al cual todavía no puede dejar de considerar como si fuera el mismo de antes: aquél frente y contra el cual debe colocarse para sobrevivir. Se trata también del que acepta el cambio o, más todavía, se incorpora a él con entusiasmo, con fe, con el mejor afán de formar parte del proceso transformador, pero en quien pesan, consciente o inconscientemente, hábitos y conceptos heredados que limitan su acción y velan su concepción del hecho revolucionario. Es a ese elemento humano, «actor de ese extraño y apasionante drama que es la construcción del socialismo», al que el comandante Guevara sitúa como «cualidad de no hecho, de producto no acabado».

En esto, como en tantas otras cosas, uno puede hallar cómo coinciden dos pensamientos revolucionarios, cuando nacen de hombres superiores que han pasado por sus respectivas experiencias, también revolucionarias. Es decir, cómo de esas experiencias pueden derivarse principios o tesis que, junto con su nueva validez doctrinaria, tienen otra de carácter universal. Así, sobre el tema del punto de partida en la construcción del socialismo, Lenin decía:

Podemos (y debemos) emprender la construcción del socialismo no con un material humano fantástico ni especialmente creado por nosotros, sino con el que nos ha dejado como herencia el capitalismo. Ni que decir tiene que esto es muy difícil, pero cualquier otro modo de abordar el problema es tan poco serio que no merece la pena hablar de ello.

El comandante Guevara, al situar al individuo dentro de la construcción del socialismo, expresa:

La nueva sociedad en formación tiene que competir muy duramente con el pasado. Esto se hace sentir no sólo en la conciencia individual, en la que pesan los residuos de una educación sistemáticamente orientada al aislamiento del individuo, sino también por el carácter mismo de este período de transición, con persistencia de las relaciones mercantiles.

Pero esa realidad ineludible –la aceptación del material humano heredado del capitalismo, para emprender la construcción del socialismo– no debe confundir, al grado de conducir a un error, contra el cual advierte el comandante Guevara: persistir en la quimera de realizar el socialismo sobre las mismas bases, «armas melladas», que nos ha legado el capitalismo, es decir, la mercancía como célula económica, la rentabilidad, el interés material individual como palanca, etc. Porque todo ello mantendría a la sociedad girando sobre un elemento perturbador: el lucro. Lo cual es indicio de que, aunque se hable de socialización de los medios de producción, de la supresión de la explotación del hombre por el hombre, de la eliminación de los privilegios de clase y de otras conquistas verdaderas en el orden formal, queda en la conciencia de los individuos aquel resorte capaz de moverlos insensiblemente hacia actitudes capitalistas. Es decir, el individuo puede ser un ente actuante exteriormente como socialista. Pero su conciencia no estará todavía apta para el advenimiento de la sociedad comunista. En otras palabras, no podrá ser un hombre nuevo.

Este pensamiento nos sitúa inmediatamente frente a otra de las apasionantes cuestiones planteadas por esta obra sin precedentes que realizan las masas cubanas, conducidas por su partido y su excepcional dirigencia, de cuya inmensa columna –en palabras del propio Guevara– es Fidel Castro la cabeza; o sea, la construcción del socialismo, en un país hasta poco antes semicolonizado por el imperialismo, víctima –grado más o grado menos– del subdesarrollo común a los pueblos de la América Latina, África y Asia, y, en este caso particular, en las inmediaciones, en lo que el imperialismo había considerado sus propios umbrales.

Se trata de cómo movilizar a las masas en la construcción de la nueva sociedad, de cuál debe ser el elemento motriz de esa movilización. La respuesta dada por el comandante Guevara a esa cuestión lo coloca radicalmente del otro lado del paralelo, fuera de toda concesión al campo capitalista. En el lado de una nueva ética social o, más bien, de la sola ética social posible, siempre negada por la competencia mercantil –de mayor o menor grado– a que obliga el solo hecho de vivir o sobrevivir en una sociedad capitalista, ya se vendan objetos o pensamientos o fuerza de trabajo o conciencias, o enseñanzas o creaciones artísticas o descubrimientos científicos. Para el comandante Guevara, pues, el instrumento de movilización de las masas «debe ser de índole moral, fundamentalmente, sin olvidar una correcta utilización del estímulo material, sobre todo de naturaleza social».

3. El hombre liberado de su enajenación

Entendemos que es al hecho necesario de tener que vender, para sobrevivir, una parte de sí mismo o algo que es producto de sí mismo, como relación fundamental e imperativa de la sociedad capitalista, a lo que el comandante Guevara llama «enajenación». Y de ésta es precisamente de la que el hombre se libera por la revolución. Desde luego, es en el orden del trabajo en donde la cuestión se plantea más compleja, y es en ese orden donde la conciencia del hombre debe experimentar los cambios más profundos. Se entiende, del hombre todavía no formado dentro de la nueva sociedad, del hombre material humano de la construcción del socialismo, en el concepto de Lenin. La cuestión queda así resuelta por Guevara:

el trabajo debe adquirir una condición nueva; la mercancía hombre cesa de existir y se instala un sistema que otorga una cuota por el cumplimiento del deber social. Los medios de producción pertenecen a la sociedad y la máquina es sólo la trinchera donde se cumple el deber. El hombre comienza a liberar su pensamiento del hecho enojoso que suponía la necesidad de satisfacer sus necesidades animales mediante el trabajo. Empieza a verse retratado en su obra y a comprender su magnitud humana a través del objeto creado, del trabajo realizado. Esto ya no entraña dejar una parte de su ser en forma de fuerza de trabajo vendida, que no le pertenece más, sino que significa una emanación de sí mismo, un aporte a la vida en común en que se refleja; el cumplimiento de su deber social.

Tal es, dicho con sus propias palabras, la última y más importante ambición revolucionaria: ver al hombre liberado de su enajenación.

Pero mientras se alcanza esa plena liberación, mientras se llega a la nueva sociedad, mientras se está en la etapa de transición de lo caduco a lo futuro, es necesario que una generación, por lo menos, asuma la responsabilidad de esa transición dura, difícil, llena de sacrificios. «El individuo de nuestro país», dice el comandante Guevara, «sabe que la época gloriosa que le toca vivir es de sacrificio», época en que «la tarea del revolucionario de vanguardia es a la vez magnífica y angustiosa». Es aquí donde el heroísmo entra a ser condición del hombre revolucionario. Pero, en el concepto de Guevara, el heroísmo cobra una nueva dimensión de permanencia. Él evoca, con admiración, los hechos heroicos de sus compañeros de la Sierra Maestra, de «la primera época heroica, en la cual se disputaban por lograr un cargo de mayor responsabilidad, de mayor peligro, sin otra satisfacción que el cumplimiento del deber». No es necesario decir aquí que el más heroico en ese enfrentamiento de la responsabilidad y el peligro lo fue siempre el propio comandante Guevara. Nadie pudo haberlo dicho mejor, ni con más grandeza, ni con palabra que mejor honrara la memoria del compañero físicamente desaparecido, que el comandante Fidel Castro.

Ese heroísmo es el que Guevara quería ver convertido en virtud permanente del hombre del futuro. El vislumbró a ese hombre cuando vio los actos de heroísmo de los combatientes de la Sierra Maestra o durante la Crisis de Octubre o en los días del ciclón Flora o, agrego, en mil ocasiones más. «Encontrar la fórmula para perpetuar en la vida cotidiana esa actitud heroica, es una de nuestras tareas fundamentales desde el punto de vista ideológico», concreta. Y ésa será, indudablemente, la tarea fundamental de todo proceso revolucionario, en su etapa de transición y mientras no haya desaparecido de la tierra el último imperialismo, el último capitalismo voraz; mientras los pueblos en autotransformación se vean abocados a la necesidad de sobrevivir, tanto a las agresiones armadas, como a los cercos económicos, a los intentos de asfixia. Sólo sobre la base de una decisión heroica, como actitud en la vida cotidiana, sobrevivirá la Revolución y se realizará a sí misma.

Éstas son algunas –no todas– de las reflexiones que en mi espíritu provocó la lectura de El socialismo y el hombre en Cuba. Pero ni las escritas, ni muchas más, serían bastantes para presumir ni siquiera de simple glosa del caudal ideológico contenido en la «balbuceante» carta del comandante Guevara al director del semanario Marcha. Mucho, muchísimo menos pretende esto ser una exposición, ni una aproximación al pensamiento político y filosófico revolucionario del más grande latinoamericano de nuestro siglo. Apenas, tal vez, estas notas sólo sean una manera de rendir homenaje, conforme a nuestros alcances, a quien es ya el más alto símbolo de la gran rebelión de los pueblos oprimidos del mundo contra sus opresores históricos.

     
    Manuel Rojas
   

Comandante  Che Guevara

Suena, resuena en nuestros oídos la tensa voz de Fernández Retamar. En el avión que desde México nos llevó a La Habana en marzo de este año 1967, cantaba:

Aquí se queda la clara,
la entrañable transparencia
de tu querida presencia,
comandante Che Guevara

No supimos de quién eran esos versos ni de quién la música, aunque unos y otra denotaran por su gracia y su amor, su origen cubano. En ningún otro país podía haberse escrito ni cantado esa cuarteta, más que en Cuba, en donde aquella pre­sencia, de entrañable transparencia, vive con mucha fuerza.

Eso era en marzo. Estamos en octubre. Y ya no sólo en Cuba. Esa presencia, esa claridad y esa transparencia que alababa el poeta cubano se han extendido a toda América. La impura mano militar que mató, asesinó a ese hombre en Vallegrande, no supo hasta qué punto hacía crecer esa presencia, esa claridad y esa transparencia. Los gorilas de América, los superdesarrollados y los subdesarrollados, desaparecerán oscuramente, hundidos en sus propias deyecciones o en las de sus amos, se irán como opacas y hediondas sombras.

Ernesto Che Guevara, «aguerrido y guerrillero», como lo llamó su hermano Fidel, permanecerá cada día más claro, más transparente y más entrañable, en nuestros corazones y en la tierra de América.

Para todos y para siempre, gloriosa y dolorosamente, yo ahora quisiera cantar, con mi mala voz y en su memoria, la canción que oí a Fernández Retamar: pero no puedo. Nadie puede cantar con llanto por mucha claridad que haya. Y no sé si alguna vez podré hacerlo.

 

     
    María Rosa Oliver
   

Solamente un testimonio
 

«No lleve nada a Buenos Aires: ni un papel ni un libro ni siquiera esa muñequita», me aconsejó el Comandante señalando con los ojos hacia el escritorio.

El joven jefe obligaba así a confiar en mi memoria –cansada y siempre más visual que auditiva– justamente cuando hubiera necesitado más que nunca que fuese un registrador de sonido. Reducida a rememorar, surgen algunas frases sueltas que, espero, servirán como guiones, o puntos de apoyo, en el curso de dos conversaciones que sólo podría reproducir sobre apuntes taquigráficos. Cuanto ha dejado escrito Ernesto Che Guevara ayudará a completar su contenido. A seguir la línea de su pensamiento.

Vi por primera vez al comandante Guevara apostado junto a la puerta de la emisora de Radio Cuba la noche en que Fidel Castro iba a informar a su pueblo del motivo y del resultado de su viaje a la Unión Soviética. Cierta timidez y el temor de ser inoportuna me impidieron ceder al impulso de acercarme a saludarlo, al igual que una hora más tarde me petrificaron en el momento en que Fidel Castro, terminada su exposición, pasó lentamente ante mí al salir de la sala. Ni pude tender la mano ni despegar los labios al hallarme en la presencia de quien desde una noche de fines de 1958, dio a dieciocho pueblos hermanos la certeza de que su suerte puede cambiar.

Pasados pocos días, unas de mis amigas de la Casa de las Américas me avisa por teléfono que el Che quería verme. Desde ese instante, hasta el que referiré después, me pregunto a qué se debe –descontada una actitud que admiro– la emoción que me embarga. Tres factores deberían mitigarla: el Che es argentino y calo demasiado fácilmente a mis compatriotas; es posiblemente uno de los varios niños que, treinta años atrás, vi jugando, entreverados y barullentos, en casa de una tía; el heroísmo con armas no ha sido el que más me ha exaltado.

El Comandante está de pie en la puerta de su oficina. El cuerpo fuerte y bien proporcionado en su uniforme verde olivo se recorta a contraluz. Los lóbulos frontales salientes dan un aspecto levemente taurino a la cabeza de dios griego: de Zeus, debido a la barba rala y el pelo, a pesar de corto, enrulado. Como la voz, el apretón de manos es suave y recio. Nos hace pasar a su despacho y allí quedamos solos.

Sentado frente a mí en el sofá, lo primero que me pregunta es si conozco a su madre. Ante mi negativa, responde: «Ella la conoce a usted: le oyó una conferencia sobre China y le gustó mucho.» «¿Por qué no me lo dijo?» «De esto hace dos años: debe habérselo dicho y usted no lo recuerda.» Maldigo de nuevo mi mala memoria, y como él, muy cortésmente, pretende seguir hablando de mí, le advierto que para eso no acabo de hacer un viaje que me llevó casi hasta el Polo Norte. Sonríe, aspira su cigarro y queda callado. Le digo que por lo visto no tiene mucho que decirme, ni que preguntar: claro, abundan en Cuba los argentinos que puedan tenerlo al tanto... «Con esos argentinos por lo general no me entiendo. Y no sé cómo piensa usted.» Al enterarlo de que yo tampoco me entiendo con ellos, y por qué, sonríe complacido: ya sabe cómo pienso. Se levanta, va hacia una mesa cubierta de publicaciones y, de espaldas, me dice: «Desde hace cinco años usted está perdiendo el tiempo» (cinco años, justamente el tiempo transcurrido desde la noche de verano rodeada de luciérnagas y sonora de grillos, en que por la radio oí proclamar la victoria que nos señalaba, sin que yo en ese instante lo advirtiera, un nuevo rumbo a seguir). Se vuelve hacia mí y pregunta si he leído algo de lo que él ha escrito. «Me gustaría saber qué le parece», agrega entregándome un pequeño libro. Al agradecerle Pasajes de la guerra revolucionaria y la dedicatoria, le pregunto cómo debo llamarlo. «Como quiera, menos doctor.» Han traído café y colocado la bandeja sobre la mesa baja, ante el sofá. Lo sirve con movimientos precisos, tan equilibrados y seguros que pienso en un cirujano haciendo una operación. Pero ni se me ocurriría llamarlo doctor: sé ya que sólo podré llamarlo comandante y que, por primera vez en mi vida, pronunciaré sin asociaciones de ideas desagradables el término que indica un grado militar. Como estoy en La Habana invitada para actuar de jurado en un concurso literario, pasa a comentar lo malas que suelen ser las novelas con temas de la reciente revolución que considera falsas, estereotipadas y basadas en una errada tendencia didáctica que hace pasar por alto hechos dignos de ser contados.

A ese propósito me relata con tal vivacidad, color y humorismo un episodio de la entrada de las fuerzas guerrilleras en la capital, que demuestro mi asombro de que él no lo haya escrito. «No tengo tiempo. Y si dispongo de tiempo hay que escribir sobre táctica... Le regalo el relato: escríbalo usted.» Prosigue hablando de la guerra revolucionaria, de la lucha en las sierras. Lo hace con calma, con matices juguetones, siempre dando primacía a las reacciones humanas, jamás poniéndose en primer lugar, recalcando mediante un detalle lo que significaba tener por jefe a Fidel, todo sin el menor asomo de énfasis o retórica. Al evocar, convence más que quienes tratan de persuadir, y como se atiene a hechos concretos y a sus propias experiencias, con una llaneza inusitada y libre de la falsa modestia de los inmodestos, veo en él, deslumbrada, al antifigurón que, por serlo, redime a una tierra enferma de figurones. De ésta, su tierra natal y la mía, tiene las virtudes y no los vicios. Las virtudes que pueden dar un Martín Fierro; los vicios que hacen proliferar los viejos Viscacha. Lo pienso mientras él habla: decírselo no podría: todo elogio sonaría a frase hecha si dicho a quien no emplea ni una. Así no me refiero a él sino a Fidel Castro cuando le pregunto si conviene que los jefes se expongan tanto. Me responde que los que no están presentes en los momentos de peligros inspiran desconfianza y que por esto, a menudo, su gente deja de seguirlos. «Sea donde fuere, un revolucionario debe estar dispuesto a morir al instante», afirma, y me pregunta: «¿Usted cree que la América Latina podrá liberarse sin insurrección armada?» Niego con la cabeza y siento opresión porque la violencia, que imagino en todos sus detalles, me horripila, pero, claro, otra violencia más solapada y cruel es ejercida diariamente contra una inmensa mayoría. Se trata de ponerle término a esta violencia. No necesita decírmelo: la idea de redención ha estado latente tras todas sus palabras, sus milagrosamente sencillas, profundas palabras. Quizás debido a su insólita naturalidad, quizás únicamente para divertirlo, le cuento de una amiga que, después de asistir a la conferencia de Punta del Este, se mostró muy sorprendida de que el Che Guevara tuviera tan buenos modales. «No los tengo, dígaselo a su amiga...» Una sonrisa socarrona pasa por su semblante y enseguida agrega, ya serio: «Hay que librarse del complejo de origen... Yo lo he logrado.» «¿Del de origen o del de clase? ¿De la clase para la cual usted es un traidor?» «Como usted», me responde, y ambos reímos. Hablamos a continuación de la burguesía de la Isla, particularmente del sector intelectual que ha comprendido la Revolución y se ha integrado a su proceso. De ahí surge el tema del día: la controversia entre los que defienden la libertad de expresión y los que creen necesario atenerse al realismo socialista. Le digo que estoy con aquéllos puesto que en el marxismo nada exige la implantación de una cultura hecha a molde. «Por supuesto», asiente, «pero si se trata de que el pueblo tiene derecho a ver lo que le gusta, entre Viridiana o un western elige el western... Yo también.» Le digo que si el western es bueno a mí me gustan ambos, pero el tiempo apremia y prefiero aprovecharlo hablando de la burguesía que ata con hilos tan sutiles y tan difíciles de cortar. Le explico la fea reacción de la gente de mi barrio oligárquico cuando la caída de Perón. «La burguesía perdona más el despojo que la ofensa», me dice. Verdad, no lo había pensado. Recapacito y me digo que si otros lo hubiesen pensado a tiempo, y puesto el pensamiento en práctica, las cosas en mi país posiblemente habrían tomado un cariz distinto. Pero para que esto suceda, la desesperación de un pueblo tiene que ser encauzada por un hombre con la integridad moral del que me habla. ¿Entre nosotros, y en el mundo, hay muchos como él? Sé que no. Lo sé porque me ha bastado esa hora y media de conversación con él –y no continuamente sobre temas trascendentes– para tener la seguridad que tengo en ese instante –el instante al que me referí anteriormente–, la de que todas las muchas personalidades que he tenido oportunidad de conocer en mi larga y viajada vida, en ninguna como en la suya se complementan con tal armonía y equilibrio la inteligencia, el corazón y el carácter. Con esa impresión me despido del Comandante.

Y bajo esa impresión recorro parte de la Isla que él ha ayudado a liberar. Todo lleva el sello de la juventud valiente y honesta que la convirtió en el primer territorio libre de América. Veo los resultados de la Campaña de Alfabetización, veo los rostros con luz de alegría de los que se sienten ahora dueños de su tierra, veo el futuro en construcción y veo las sierras matrices de cuanto veo. Pasadas unas semanas, y ya próxima mi partida, el Comandante va a visitarme una noche al Habana Libre.

Como he leído su libro –cuyo estilo, le digo, me recuerda al mejor de Lucio V. Mansilla– él me relata otros aspectos de la lucha. Se refiere con trémula ternura e ilimitada admiración a Camilo Cienfuegos. «¡Tan lindo el sastrecito!»: exclama empleando, como el gaucho, la palabra lindo para designar todas las excelencias. De nuevo la extrema sensibilidad de ese hombre fuerte me deja absorta. Y más que no la oculte: «Tras lo que dice Marx siento latir la misma palpitación que en Baudelaire», me dice. Y más tarde cuando, desde hace rato, el tema es nuestra tierra natal, se golpea una rodilla y me pide: «Bueno, por favor, no me hable más de la Argentina.» «¿Por qué, si usted la quiere mucho?» «Por eso mismo.» Recapacita y me advierte que él es más cordobés que porteño. Lo comprendo: la patria chica es el lugar en que ha transcurrido nuestra infancia, y la otra, la grande, sobrepasa el medio Continente. Me explica lo difícil que es, a veces, la solución práctica de ciertos problemas, y cómo, al solucionarse unos, surgen otros imprevistos que es menester solucionar a su vez a tambor batiente. Me da pormenores, siempre sacando de la experiencia conclusiones útiles para la acción futura pero sin caer en el tono profesoral (de nada está más lejos, a pesar de ser argentino). A continuación comenta con gracia sutil las consecuencias de la aplicación de ciertas medidas moralizantes con algunas de las cuales no está de acuerdo. «Sí, ya sé que ha mandado a fusilar», murmuro contestando a una entre pregunta y afirmación suya. Él prosigue: «Es menos repugnante que hacer vigilar, perseguir, condenar por razones que sólo atañen a la vida privada», dice haciendo con la mano un ademán serpentino que contempla su pensamiento.

Acostumbrada a la dureza de los que se creen únicos poderosos de la virtud, la comprensión y la generosidad de este hombre austero y sacrificado confirman mi sospecha de que la revolución irá más a fondo y echará raíces más hondas cuando al imprescindible marxismo lo complemente un nuevo humanismo. En el comandante Ernesto Che Guevara se dan ya ambas dimensiones. De ahí su temor a que el «incentivo material» siga manteniendo al hombre enajenado. Lo oigo y me pregunto si no se adelanta a la historia: si la humanidad estará preparada a seguir a los como él: al hombre del futuro, el que, según lo prevé Teilhard de Chardin (basándose en datos exclusivamente científicos), será «más él mismo» en la medida en que se socialice. El que olvidado de su «yo» y por lo tanto libre de vanidad e inmune a halagos y honores se da a... Nada he dicho, pero él me contesta: «Mire, yo no soy para ser ni el más alto funcionario en el más revolucionario de los gobiernos: soy para tirar tiros donde se luche contra el imperialismo.» Ha pensado en voz alta y no en vano. Para no ceder al enternecimiento le pregunto en broma: «¿Qué quiere, Comandante, que yo también vaya a las sierras?» «Usted siga como hasta ahora, pero con cautela.» Enseguida me da el consejo que cito al comienzo. Hemos conversado cuatro horas. Cuatro horas en las que mi primera impresión se ha confirmado con creces: la de estar en presencia del ser con mayor talla moral y grandeza de alma que jamás he conocido. ¿Qué puedo darle yo en cambio de esos dones, que si fuera creyente, llamaría «del cielo»? Nada, salvo decirle lo que a nadie, nunca, me he sentido impulsada a decir: que desearía ser su madre.

Hoy sé mejor que aquella madrugada que si los niños que amamos –cercanos o distantes– llegan un día a ser hombres más libres, más dignos, más buenos, y por lo tanto más dichosos, se deberá en gran parte a que el comandante Ernesto Che Guevara fue lo que ha sido.

Buenos Aires, noviembre de 1967

 
 

     
    Ana Miranda
   

Siento orgullo de...
 
Siento orgullo de pertenecer a una generación que tuvo, en su juventud, el rostro del Che en las paredes de su habitación. Él simbolizaba la fe, el espíritu, la intrepidez, el estoicismo, la tenacidad, la fuerza apasionante, la solidaridad con los más débiles. Él era un hombre desprendido de cualquier interés material en este mundo, y guiado por grandes sentimientos de amor a la humanidad. El Che fue capaz de entregar su vida por sus ideales, y sus ideales eran «la causa sagrada de la redención de la humanidad». Muchas veces oímos y repetimos sus palabras más conocidas: «Hay que endurecerse sin perder la ternura jamás.» Su vida era un ejemplo formidable de educación, de formación de nuestro carácter y de nuestra ética, de conciencia de nuestras capacidades, inmensas y al mismo tiempo pequeñas. Quizás haya sido un sueño demasiado ambicioso el de nuestra generación, pero yo tengo la íntima sospecha de que todas las luchas que hoy día todavía se dan, contra las injusticias, contra la pobreza, contra la destrucción de culturas, contra la intolerancia, contra las ganancias desmedidas, contra el exterminio de los animales, de los árboles, contra la devastación de la tierra, entre tantas otras, están marcadas por el espíritu del Che.

     
    Ángel Rama
   

Ahora le erigirán justificados monumentos

 Ahora le erigirán justificados monumentos, y en bronce, en mármol, en piedra, en el gesto estereotipado del héroe, vivirá a los ojos de los niños y de los hombres del futuro como lección, hasta convertirse en el fragmento consabido de la ciudad, ese que integra nuestro vivir cotidiano. Pero para nosotros fue un hombre, simplemente un hombre del que pudiéramos decir «y vivió entre nosotros». Era un hombre; había sido médico, le hemos oído hablar, reír, hacer bromas, ahogarse por su asma, enfurecerse; era un hombre «con unas piernas fláccidas y unos pulmones cansados», como dijo en la carta de despedida a sus «queridos viejos», y de inmediato pienso en el pequeñito uniforme de Bolívar que se guarda en su casa-museo bogotano y pienso en el desmedrado Martí de Dos Ríos y se me hace patente que él pertenecía a la estirpe de estos hombres grandes de Nuestra América, de esos simples seres humanos que pulieron su voluntad «con delectación de artista», y cargaron sobre sus hombros débiles el destino y la grandeza de millones de compañeros.

La heroicidad produce el mismo deslumbramiento y el mismo pánico que la santidad, porque está hecha de su misma atroz desmesura y genera entre el multitudinario coro de quienes presenciamos la tragedia, la conciencia terrible de ser destinatarios del sacrificio. No era necesario que el periodista dijera que «parecía un Cristo yacente», ni que las fotografías nos propusieran imágenes similares a las que el arte europeo cultivó durante siglos, con el cuerpo enflaquecido y la paz cerrada de ese rostro ya para sí, definitivo, para sentir que no sólo vivió entre nosotros sino que murió por nosotros. Que ni siquiera nos pregunta qué haremos porque su sola vida y muerte es una pregunta que no cesa.

Bolívar, Martí, Ernesto Che Guevara. Lo que cambia es el estilo, simplemente. Este último, con su mote lo dice, era el nuestro rioplatense: ardiente y burlón, elíptico y pudoroso de las pasiones y sentimientos, desconfiado de todo gesto grandilocuente, capaz de empezar el camino que llevaría a su muerte con una frase escrita sobre el filo de la automordacidad y la disculpa de su propia aventura enorme: «Acuérdense de vez en cuando de este pequeño condottiere del siglo XX.» Tras este estilo está de nuevo, y sobrecogedora, la capacidad de asumir a una nación de millones de hombres –esa única nación latinoamericana que él volvió a confirmar– para revelarles a sus hombres que su sentimiento de debilidad es aparente, que abierta está la vía por la cual el hombre encuentra su más alto destino, lo hace suyo y es grande. Que así sea.

 

 

     
    Armando Hart Dávalos
    El Che: una cultura de liberación

 
Desde los históricos acontecimientos en Quebrada del Yuro, el comandante Che Guevara se convirtió en un mito de la justicia universal entre los hombres y de la solidaridad entre los pueblos. Lejos de extinguirse con los años, crece y crecerá más aún hacia el futuro.

Haber gozado de su entrañable amistad es un honor al que no se renuncia sin caer en la ignominia. Para cumplir cabalmente con el deber de serle fiel nos planteamos como exigencia científica y cultural descubrir las raíces sociales y económicas del paradigma que representa. Así podremos encontrar los nuevos caminos del socialismo.

Esto sólo puede comprenderse a partir de un concepto integral y universal de cultura. Ella conforma el proceder revolucionario del autor de La guerra de guerrillas. Y se trata de una cultura de liberación. Se subestima el valor de la cultura cuando se aborda como exclusiva labor intelectual ajena a las exigencias de la práctica, o se le enfoca al modo relajante y superficial que paraliza la acción y distrae todo empeño de rigor. Disminuye su alcance y riqueza si se la identifica exclusivamente con propósitos de conciliación. La de liberación no es conciliadora. Promueve la búsqueda democrática del equilibrio. Equilibrar no es conciliar. Martí señaló que la aspiración al equilibrio normaba todos los actos de su vida, y preparó y desató en las específicas condiciones de Cuba de finales del pasado siglo la guerra «necesaria, humanitaria y breve» iniciada en 1895. El concepto martiano de la guerra de independencia de Cuba tiene un basamento cultural.

En el trasfondo del quehacer de Guevara está la cultura latinoamericana que estimula y orienta hacia la acción emancipadora de nuestros pueblos, y a forjar «la República moral en América» marcada por el móvil ideológico de la utopía universal del hombre. Si a la América del Norte el pensamiento pragmático le ha impedido arribar a una idea tan abarcadora de la cultura, en la del Sur del Río Grande germinan como aspiración la integración y la síntesis universal de los valores culturales. La cúspide de este pensar está en José Martí.

Las formas de acción escogidas por el Che para la realización de este ideal son, obviamente, muy diferentes de las que debemos adoptar hoy, pero la esencia de su pensamiento tiene vigencia creciente. Su pensar y su actuar revolucionarios se movieron en dos planos interrelacionados: el de la gesta liberadora de la América Latina y el Tercer Mundo todo, y el de sus empeños como constructor de una sociedad socialista.

Emociona recordar que el entonces Senador y luego Presidente Salvador Allende se trasladó desde Santiago de Chile a la frontera con Bolivia para recoger a los últimos combatientes internacionalistas que tuvieron que salir de ese país tras la tragedia. Cualesquiera que fueran los caminos entrecruzados del futuro, las semillas del Che y del Presidente mártir estarán presentes en los sucesos de la historia de América.

La lección principal y dolorosamente adquirida en estos años se halla en que la disyuntiva no era entre caminos pacíficos o violentos. El asunto es más sutil. Allende y el Che son dos símbolos superiores de esta sutileza. El entrecruzamiento de sus concepciones de lucha es la enseñanza más importante que estos dos hombres dejaron para la historia americana. El futuro dirá cómo se produce esta articulación, y ha de ser desde luego infinitamente complejo, y adecuado a cada situación particular; pero en los dos símbolos se expresa una voluntad de transformación social en América que ésta objetivamente necesita. En las formas complejas que se presenten en la vida, el enlace de las concepciones de lucha que tuvieron el Presidente mártir y el Guerrillero Heroico revela una síntesis política a la que nuestra América no puede renunciar. Las dos imágenes muestran lo más alto del espíritu ético de la cultura política de América en la segunda mitad del siglo XX.

Apreciemos ahora el segundo plano del pensar del Che.

En la década de los 60 no se escucharon sus advertencias por quienes estaban obligados a hacerlo, no se oyeron los consejos de Fidel, expresados en su discurso ante los dramáticos sucesos de Checoslovaquia en 1968. Dijo entonces nuestro Comandante que algo había andado mal en el socialismo cuando ocurrieron aquellas cosas. El socialismo europeo se había hecho tan «real» que acabó perdiendo, en los años 80 y principios de los 90, toda realidad.

Debemos estudiar el sentido más radical de las ideas que se revelan en la Segunda Declaración de La Habana, en El socialismo y el hombre en Cuba y en el Mensaje a la Tricontinental de 1966.

Precisamente en la idea del Che acerca del papel central que desempeñan los factores éticos y morales en la historia, y en la búsqueda que emprendió con respecto a caminos eficaces hacia la sociedad socialista, están claves esenciales para entender los dramáticos procesos ocurridos en la Europa del Este y en la URSS.

La insuficiencia o limitación cultural, y especialmente ética, impidieron al «socialismo real» cohesionar a los pueblos en lo interno y combatir eficazmente en lo externo a los enemigos irreconciliables de la liberación humana.

Un gran déficit de la edad moderna, cuyo punto más elevado está en el pensamiento socialista, se encuentra en el hecho de que no reconoció en todas sus consecuencias que la vida espiritual del hombre se halla en el sistema nervioso central de las civilizaciones.

Mientras no se aborde con rigor científico el tema de la ética, y en general de la superestructura y, por tanto, de la cultura, no se hallarán las vías eficaces para marchar hacia adelante en favor de la Revolución y el Socialismo. Para alcanzar una política eficaz en defensa de los explotados hay que descifrar, en primer lugar, el tema de la moral y su papel en la lucha revolucionaria.

El comandante Ernesto Che Guevara es una señal de las mejores tradiciones éticas del siglo XX, y se proyecta con esa luz hacia la próxima centuria. Fue el primero que habló de la necesidad de forjar al hombre del siglo XXI. Hoy, cuando este siglo se aproxima, nos percatamos de que arribamos a él en medio de la más profunda crisis ética de la historia de la civilización occidental. Desde los tiempos de la caída del Imperio Romano no se observaba una situación similar.

La evolución ulterior de la historia podría conducir a mediano y largo plazo a un colapso de proporciones incalculables si no se toma conciencia y no se actúa sobre presupuestos de una política basada en una cultura ética profundamente humanista.

Mucho se ha hablado de forma retórica y superficial acerca del humanismo. Sin embargo, la civilización podría sucumbir en sus propias redes si no retoma y asume la herencia espiritual de quienes a lo largo de los siglos poseyeron sensibilidad, imaginación y talento para soñar, es decir, si no se exalta y afianza el espíritu que alentó a los grandes creadores desde Prometeo hasta Ernesto Che Guevara.

El reto de estos años finiseculares está en demostrar con una síntesis de cultura universal el valor científico de la moral y de los móviles ideales en el curso real de la historia humana. Y es precisamente esa síntesis lo que se halla en la esencia de la vida y el ejemplo del Guerrillero Heroico. Sus ideas éticas fueron tildadas de idealismo filosófico y de subjetivismo por quienes, situados en la superficie de la realidad, no acertaron a penetrar en sus esencias. No pudieron, no quisieron, no les interesó entender que, como señalaba Hegel, tan real era la monarquía francesa del siglo XVIII como la Revolución que se gestaba entonces. Tampoco pudieron comprender (ni mucho menos extraer consecuencias de ella) la afirmación martiana de que en política lo real es lo que no se ve, porque no fueron capaces de sentir con una cosmovisión universal lo que sí asumió nuestro Apóstol cuando echó su suerte con los pobres de la tierra.

No se trata para mí de escribir o narrar lo ocurrido, ello es oficio de historiadores, sino de reflexionar sobre las enseñanzas del derrumbe a partir de las esencias presentes y vivas en el Che, que son las de Fidel y la Revolución Cubana. Ésta es la lección que debemos extraer.

La Revolución Cubana triunfante en enero de 1959 significó la unidad del pensamiento materialista dialéctico y el más profundo sentido del humanismo en nuestra América. La síntesis que el Che representa nos puede conducir a conclusiones certeras en los más diversos campos de la filosofía, la cultura y la acción revolucionaria.

El comandante Guevara, al asumir los valores espirituales de nuestra América y elevarlos con su talento, heroicidad y decisión al plano más alto, se convirtió en uno de los símbolos éticos más elevados de la historia de las civilizaciones.

El Che y mi generación revolucionaria asimilaron las verdades que paso a paso fueron descubriendo los hombres y que culminaron con la exaltación de la razón y la inteligencia humana. Asimismo conservaron y desarrollaron el sentido de la lucha y la esperanza en un mundo más justo que permanecía viva en la tradición espiritual de nuestra América. De igual forma, encontraron un método de investigación y una guía para la acción liberadora en Marx, Engels y Lenin.

El Che Guevara aprendió el marxismo-leninismo de modo autodidacta y en medio del combate político y social, que es la única forma de asimilarlo radicalmente. Apoyado en su ética personal y en su apasionada solidaridad humana, expresa ante nuestros ojos la aspiración de encontrar los nexos entre ciencia y conciencia que pueden hallarse en la articulación del pensamiento revolucionario de Europa y de América y el ideal tercermundista de Ho Chi Min.

En las tradiciones latinoamericanas no se presentó el antagonismo entre la ética y los principios y métodos científicos. El Che dejó huellas imperecederas en el pensamiento político y social universal de la segunda mitad del siglo XX. En tanto pensador, exaltó la necesidad del rigor científico en el análisis de los hechos políticos, sociales, económicos e históricos. En tanto hombre de ética, destacó la necesidad de enseñar con su propio ejemplo, y forjarse a sí mismo un carácter y un temperamento para encarar con valor a sus enemigos. Por eso, en sus horas finales, cuando se vio sin ningún recurso de defensa frente a sus captores, lanzó su última orden de combate: ¡Disparen, que van a matar a un hombre!

No hay ningún reproche científico al subrayar que en las entrañas de su ejemplo se gesta el espectro victorioso de sus ideas. No ha terminado la prehistoria. Está por comenzar la historia.
     
    Carlos María Gutiérrez
    Una madrugada de febrero

Una madrugada de febrero, tiritando entre la niebla de la Sierra Maestra, que envolvía los árboles quemados por el napalm, vi por primera vez a los guerrilleros del 26 de Julio. Era la columna del Che Guevara, retirándose del combate de Pino del Agua; una tropa entera y vital, con el fuego de la lucha todavía en los ojos y envuelta en una atmósfera de sacrificio y fervor revolucionario que hacía enmudecer con el respeto de quien está presenciando el paso de la historia. Después, en el campamento de La Mesa, hablé muchos días con el Che y comprobé de dónde copiaban sus soldados adolescentes aquella pureza y aquella verdad que les nimbaba la frente.

Han pasado muchos años desde los tiros que resonaban en la niebla de Pino del Agua y desde aquel sol de la Sierra Maestra. Esta semana he visto las fotografías terribles, que encienden los corazones revolucionarios con una promesa inextinguible de odio y victoria: el cadáver vejado, la frente todavía infantil, los ojos abiertos que continuarán mirándonos. Y de ese cuerpo yacente, martirizado y expuesto a la befa de sus asesinos, se desprendía aún la serenidad imponente de la verdad. Era la verdad de la existencia entera de Guevara, pero era también una verdad mayor, a la que el Che afilió su vida y su muerte: la verdad de una lucha que va dejando estos cadáveres por el camino sólo para hacerlos vivir de otro modo. Esta muerte y su dolor, que conmueve a todos los pueblos y a todos los hombres bien nacidos, anuncian que se acaba un mundo y nace otro.

En 1958, había un son en los labios de los guerrilleros de la Sierra Maestra: «Quítate de la acera / mira que te tumbo / que aquí viene el Che Guevara / acabando con el mundo.» Muerto o vivo, el Che Guevara viene acabando con el mundo.
     
    Leónidas Lamborghini
    El Che

Hay un hecho que hay que saber interpretar: los jóvenes y las jóvenes que llevan en sus remeras la efigie del Che sin que el Sistema se inquiete, son gente que rinden homenaje a alguien que supo vivir de acuerdo con su verdad. Y esto solo, debería inquietar al Sistema. Pero no siempre el Sistema es lúcido. No siempre reacciona a tiempo. No siempre deja de ofrecer intersticios por donde filtrarse con esas u otras formas de lucha que permitan continuar la historia.

Los que se engañan, también, son esos intelectuales que siempre han meado fuera del tarro y hablan  ya de un «mito», de una «leyenda». Sin embargo, en el presente, la receta del Che –en distintas partes de nuestra América y en otras del planeta– sigue teniendo vigencia aún bajo distintas formas.

El impulso revolucionario del Che, ese que lo llevaba a soslayarse de toda burocracia y a encabezar a los suyos haciendo punta y cerrando la brecha entre palabra y acción, continúa siendo una fuerza formidable que alumbra la esperanza de los oprimidos del mundo. Nada ni nadie podrá contra esto.

Buenos Aires, octubre de 1996
     
   

Luis Suardíaz

   

CHE

Dijo ante las luces de la TV:
“Capital es trabajo acumulado.”
Poco sabía aquella audiencia
de la musa esquiva, de la economía
y su ardua política.
Pero el hambre, los golpes,
la fatigada espalda
propiciaban la comprensión.
Él  conocía los Textos,
desentrañaba en cada fenómeno
su esencia. Y más aún: venía
del fulgor de las balas, la navegación
en esperpénticas canoas, la mugre
de olvidados villorrios y favelas.
Y no tenía compasión, sino amor
por los cholos, los gauchos,
los guajiros.
Lo acompañaban el humo y el asma,
los curieles, los gatos, los conejos
abiertos en su búsqueda
de armas contra la muerte.
Igual que el Moro
halló poesía en los números,
y, como Lenin, conocía la Ley del Valor
y el valor de las haciendas,
las acciones y, sobre todo, del hombre.
Del hombre empeñado en su ingente
transformación.
Déjalo todo y síguenos,
pudo decir, mas escogió
luchar contra la mercancía
de células contaminadas.
No tuvo piedad sino humana impaciencia.
Y con sus manos iba también
formando
la conciencia de una era por venir.
A una tierna mujer,
andariega en su llameante
silla de ruedas, le confió:
“Tras lo que dijo Marx
siento la misma palpitación
que en Baudelaire.”
Y cómo sabía sostener
ese fusil de Engels en las barricadas.
Íntimo en el combate, llama
él mismo en el diálogo,
no rechazó el desafío del libro,
ni una ceja de monte, una recién
abierta trinchera, una tribuna,
un leprosorio en el Perú.
Abiertos los ojos,
le vemos andando, bajo
la última luna, tan pequeña.
Compañero universal del hombre.
Lleno de mundo.

            Luis Suardíaz
 
 

     
    Volodia Teitelboim
   

El Che camina al próximo siglo

Pasada la medianoche llegamos a su despacho en el Ministerio de Industrias. Saludó a su amigo Salvador Allende y a quienes lo acompañábamos con esa sonrisa leve del que no está hecho para bulliciosas exclamaciones. Porque era sutil, recatado y con cierto pudor que lo alejaba del gesto grandilocuente.

A un lado, el inhalador para combatir los ataques de asma. La Habana estaba en silencio. Él dijo que la noche era la hora mejor. Escribía un artículo y podía concentrarse pasado el alboroto del día.

Ninguna solemnidad. Ninguna frivolidad. Conversaba llanamente. Allende se había instalado en un rincón. Quería que escucháramos al Che, que dialogaba sin prisa y a ratos discutía. Discrepó de un joven admirador de la Revolución Cubana que veía el camino expedito.

Han transcurrido 30 años de su muerte y algunos más desde esa conversación nocturna. Para muchos jóvenes de nuestra América el Che continúa en la primera línea de fuego. Lo ven siempre de pie, erguido. Buscan su inspiración. Admiran en él la imagen del hombre necesario, aquel que cree en valores morales. A tal punto que, habiendo cumplido la primera fase de una gran revolución, no quiere seguir siendo ministro sino salir de nuevo al monte. Y lo hará aunque le cueste la vida.

Su lección de grandeza se hace aún más imprescindible en estos tiempos de intelectuales desencantados, insertos en el sistema y que alertan contra el peligro que personifican los "soñadores".

En medio de tanto mito de modernidad, más allá de los "yuppies" de la tecnocracia y de la idolatría del mercado llamando a reverenciar el dinero como un fin en sí, se alzan seres humanos "profundamente humanos" como el Che. Para ellos la humanidad no está representada por una moneda, aunque toda una cúpula mundial se asiente sobre el principio de que el mundo gira alrededor del dinero. Por el contrario: piensan, comparten la vieja redundancia brechtiana de que el eje del hombre es la humanidad, que no puede ni debe renunciar a su dramática esencia, con todos sus problemas, sus necesidades, sus ansias, sus preguntas, sus sueños de justicia y dignidad, sus ganas de ser feliz.

Los tiempos son distintos y los procedimientos pueden ser diversos. Salvador Allende se enorgullecía de una dedicatoria que le escribió el Che: "Buscamos la misma meta por caminos diferentes". La figura de ambos hoy está atravesando el puente que lleva al siglo XXI.

 

     
    Samuel Feijóo
   

Irá con ellos


Por los altos Andes, donde se deseaba, nuestro poderoso hermano echó a andar, con los suyos, los defensores del hombre apaleado y ensangrentado de América.

Entero, entregado, que nada quería para sí sino la entrega, entre los apaleados que se alzaban, andaba; andaba sus Andes americanos, en la marcha tesonera y recia.

La pobre cena, el pobre lecho le bastaban. Cuando los miserables del mundo gemían por placeres, comidas, lujos, glorias fementidas, él, asqueado y fervoroso, tenía por comida el deber que sostiene para siempre, por placeres el amor al siervo innumerable, por lujo la cabaña de ramas del héroe, la única casa honrada, por gloria la necesidad del valiente que se entrega. Su gloria estaba en su sangre, la sangre de sus pueblos apaleados.

Ya la tierra de la cautiva América le cubre, ya está en ella. Los puros hombres de la tierra lo levantan. Va con ellos. Y los pueblos crecerán y arrancarán sus libertades a sus verdugos, y él irá con ellos y él alcanzará la victoria y en ella se confundirá, porque va con sus pueblos victoriosos.

 

     
    Rigoberta Menchú
   


Acerca del Che
 
Al igual que mucha gente de mi pueblo, mi primer conocimiento del Che fue más por su imagen y simbolismo que por sus escritos y su obra. En los tiempos más difíciles en esta larga lucha por el respeto a nuestros derechos humanos y como pueblos indígenas, la imagen del Che ha encarnado la conciencia y la determinación de ser fiel hasta la muerte con las ideas en las que creemos.

En los tiempos actuales, en los que para muchos la ética y otros valores profundos son baratijas que se compran y se venden, el ejemplo del Che cobra una dimensión todavía mayor. Como mujer indígena, hago una lectura nueva del pensamiento del Che, de cara a los gigantescos esfuerzos de los pueblos indios en todo el mundo por lograr el reconocimiento y el respeto a sus derechos y valores milenarios. Seguramente, iremos encontrando mejores enfoques sobre las ideas y la acción de ese hombre ejemplar.

Hay que resaltar la profunda sensibilidad que el Che tuvo a los problemas del mundo así como la necesidad de los cambios. En el corazón de los pueblos vivirá siempre la conciencia internacionalista del Che.
 

     
    Claudia Korol
   

Aprendimos a quererte

Escribir sobre el Che, rendir nuestro pequeño homenaje al Che, siempre será difícil, e invita más al silencio y a la vergüenza que a los grandes discursos o a las palabras altisonantes. Pero resulta que los que mandan en el mundo pretendidamente globalizado por la contrarrevolución conservadora quieren hacernos el chiste de ser ellos quienes escriban su historia. Invierten cuantiosas sumas de dinero en el intento de apropiarse de su imagen, de arrebatarnos su ejemplo subversivo. Piensan completar así la obra que quedó inconclusa cuando creyeron que lo mataron en la escuelita de La Higuera, aquel 9 de octubre de 1967, hace tan sólo treinta años, hace tanto.

Es entonces en el lugar preciso de la vergüenza y la incomodidad en el que me ubico para escribir estas notas, con las que intento compartir una experiencia concreta de necesidad del Che, de búsqueda del Che, de rencuentro con el Che, en los viejos y transitados caminos de la resistencia de nuestro Continente.

Rebelión contra los dogmas

El 26 de julio de 1967, en su diario de Bolivia, el Che escribió: «Por la noche di una pequeña charla sobre el significado del 26 de Julio: rebelión contra las oligarquías y los dogmas revolucionarios.» En el corazón de la selva boliviana, el Che no sólo disparaba sus balas contra los ejércitos oligárquicos, dirigidos por la CIA, que se habían dado cita en la región para contribuir a la principal cacería humana de este siglo, sino que encontraba tiempo para golpear contra los dogmas que paralizan y esterilizan la lucha revolucionaria. El Che había comprobado en su experiencia que el dogmatismo ha resultado un útil aliado de la dominación. Bien conocemos esa historia los comunistas argentinos.

Cambiar con el Che

Cuando en 1983 se produjo en la Argentina la retirada de la dictadura, quedaba en el inconsciente colectivo su siembra de terror y desesperanza. Los que siendo jóvenes habíamos resistido como supimos o pudimos su acción exterminadora, pensábamos ingenuamente que vendría un momento de auge de masas que permitiría reconstituir nuestras fuerzas devastadas por el genocidio y el silencio. Pensamos que era necesario encontrarnos con algo de lo que habíamos perdido, de lo que nos habían arrebatado violentamente.

Algunos sólo aspiraban a vivir cada día sin miedo, y de ahí nació un extendido sentimiento y esfuerzo de adaptación que luego se llamó «posibilismo». Otros intentamos transformar ese momento en la preparación de nuevos combates y salimos a reunirnos con nuestra memoria.

Nuestro encuentro con el Che, con su historia, con su vida, con su pensamiento, con su ejemplo constituyó una búsqueda generacional, que se inspiró y al mismo tiempo incidió activamente en el proceso de viraje del Partido Comunista argentino, que inició a mediados de los años 80 un difícil y apasionante proceso autocrítico, de modificación no sólo de su línea política, sino de su concepción global. El viraje del Partido Comunista argentino constituyó un profundo cambio de lo que definimos como una desviación oportunista de derecha, a una forma de vivir y sentir la militancia que aspiramos a que sea cada día más revolucionaria.

Los jóvenes comunistas de ese tiempo intuíamos que el Che era la clave que nos permitiría reconstituirnos como sujeto revolucionario, como identidad rebelde, como propuesta política. Nos enamoramos de su decisión de enfrentar las correlaciones de fuerza más adversas (¡qué falta nos hacía ese ejemplo!), de su crítica a los que se acomodaban (¡qué falta nos hacía ese ejemplo!), de su desprecio por el burocratismo y el formalismo (¡qué falta nos hacía!), de su ironía tan argentina para burlarse del inmovilismo, del reformismo y de la grandilocuencia (¡qué falta nos hace!). Nos enamoramos de su coherencia y también de su belleza. Nos encontramos con su obra inconclusa y su llamado a la creación del hombre nuevo, a la unidad de los revolucionarios, a la construcción de un frente para luchar contra el imperialismo, a una auténtica realización del internacionalismo en escala universal.

Al encontrarnos con el Che, al decidirnos a crecer junto a él, descubrimos desde una nueva perspectiva la Revolución Cubana, en la que él dejó sus mejores esfuerzos. Este hecho, el más trascendente sucedido en nuestro Continente para la perspectiva de dignidad y de realización de nuestros pueblos, había sido siempre motivo de valoración y de solidaridad por parte de nuestro partido. Cientos de comunistas argentinos transitaron por la Isla rebelde contribuyendo a distintas obras de la Revolución. Sin embargo, no habíamos aprendido lo esencial de su experiencia, que por rebelarse no sólo contra las oligarquías, sino también contra los dogmas, chocaba con nuestra visión del proceso revolucionario. Fue desde esa visión que consideramos a la Revolución Cubana como una «excepcionalidad histórica». El sentido de esa afirmación era señalar lo irrepetible de su ejemplo, como una forma de negar su esencia: la subversión del sentido común, la intransigencia ante la prepotencia imperialista, la testaruda voluntad de practicar la dignidad.

Al encontrarnos con el Che, nos encontramos también con los esfuerzos de miles de revolucionarios que se habían enamorado de su ejemplo mucho antes que nosotros, y que en algunos casos entregaron generosamente sus vidas, como él lo hiciera, por todos nosotros, por el sueño colectivo de una nueva sociedad. Supimos entonces de los desencuentros previos entre los comunistas argentinos y aquellos revolucionarios a los que el Partido Comunista argentino llamó «aventureros», entre otras descalificaciones similares resultantes de una cultura que había renunciado a la aventura.

Indagamos las causas de esos desencuentros. Pudimos constatar que el sectarismo, el hegemonismo, el vanguardismo son vicios que afectan al conjunto de las fuerzas revolucionarias argentinas hasta la actualidad, promoviendo nuestra desunión, enfrentamientos innecesarios, y un progresivo alejamiento de nuestra capacidad para dar respuesta a las necesidades y urgencias populares. Asumimos también la realidad de que los comunistas argentinos tenemos una gran responsabilidad en la gestación de esos desencuentros, frutos de una posición política que sustentaba el sectarismo en la creencia de ser los portadores exclusivos de la ideología de la clase obrera, los custodios de la pureza del marxismo-leninismo. Al mismo tiempo, tanto en el desarrollo de la teoría como en nuestra práctica, negábamos la esencia subversiva del marxismo, con una posición política reformista que conducía a la integración lisa y llana en el sistema de dominación, a la convivencia con las fuerzas políticas que reproducen el consenso en favor de ese sistema, y al alejamiento de aquellos sectores que aspiraban a transformar la sociedad con un sentido revolucionario.

La progresiva deformación de la línea política condujo a que el sacrificio e incluso el heroísmo de miles de compañeros no fructificaran en una propuesta revolucionaria efectiva. Aquellas posiciones políticas, que negaban la propia razón de ser de los comunistas y nuestra vocación revolucionaria, contrariaban el sentimiento y la voluntad transformadora de una militancia que había entregado a esa lucha sus mejores esfuerzos. En esa contradicción se sustentó la fuerza que hizo posible posteriormente el viraje partidario.

Cuando indagamos en las causas de aquella desviación oportunista de derecha, supimos que esos enfoques eran parte de un acervo cultural subsidiario del pensamiento desarrollado principalmente en la Unión Soviética, que había transformado al marxismo y al leninismo en letra muerta, en un catálogo de creencias que sostenían y fundamentaban el inmovilismo, útil aliado de la política exterior soviética que proponía en aquellos años «no hacer olas», es decir, no conmover al mundo, ni en diez días ni en más, con nuevas revoluciones. No alcanzamos a percibir, a mediados de los años 80, cuando comenzaba nuestro viraje, las trágicas consecuencias que tendrían estas deformaciones en el mismo proceso soviético, que conducirían finalmente a su liquidación. Sí pudimos establecer que el impacto del estalinismo y del estancamiento del proceso revolucionario en la ex URSS habían incidido sobre nuestras propias concepciones, como resultado de una traslación mecánica del pensamiento oficial soviético a la realidad argentina.

En su versión local, la posición del Partido Comunista argentino tenía como base filosófica el materialismo vulgar, premarxista, que confiaba el «advenimiento de la revolución» al determinismo de las «leyes del desarrollo social». Un pensamiento de raíz positivista, metafísico, que desvalorizaba profundamente el papel del factor subjetivo en la creación histórica. Al atrincherarnos en el dogma, habíamos rechazado el aporte de los marxistas más lúcidos de la América Latina, entre los cuales se encuentran Mariátegui, Fidel y el Che. También habíamos rechazado los aportes provenientes de otras experiencias, como el nacionalismo revolucionario o la teología de la liberación; y subestimamos el potencial de enriquecimiento de la teoría revolucionaria proveniente del desarrollo de las ciencias sociales en el siglo xx. Esto fortaleció un enfoque impregnado de la tradición liberal argentina, negadora de lo popular, de lo nacional y de las raíces combativas de nuestro Continente.

Políticamente, esa posición se vio favorecida por la debilidad de la inserción de los comunistas en el movimiento de masas, y especialmente en el movimiento obrero constituido a partir de la experiencia peronista. La incomprensión del peronismo, proceso que marca la historia argentina hasta el presente y que es un dato fundante de la identidad nacional, acentuaba un tipo de acción que combinaba un fuerte ideologismo, de proclama de los objetivos finales, con un practicismo economicista en lo cotidiano. Por ese camino, en los años 60 los comunistas argentinos nos desencontramos con las nuevas fuerzas revolucionarias que se formaron en nuestro país, y se nutrieron predominantemente de jóvenes que querían continuar el impulso de la Revolución Cubana, como esfuerzo continental por la segunda independencia. Y nos desencontramos trágicamente con el Che, nuestro compatriota: hecho que nos privó de muchos aportes posibles al proceso revolucionario tanto en nuestro país como en el plano internacional.

Asumir esta verdad no fue sencillo. Costó dolor y desgarramientos individuales y colectivos. Más aún porque decidimos hacerlo desde éste y no desde otro lugar, decisión que implica transformarnos por completo como condición para seguir existiendo. Nos involucramos plenamente en un esfuerzo de autocrítica y de cambio que entendemos que podrá estimular otras autocríticas y transformaciones necesarias de quienes quieran seguir luchando con honestidad en nuestra patria. En octubre de 1984 los jóvenes comunistas organizamos el primer acto público de homenaje al Che realizado en la Argentina después de la retirada de la dictadura. Fue en la plaza Pinasco, de Rosario. Patricio Echegaray, en ese momento secretario general de la Federación Juvenil Comunista y principal dirigente del proceso de autotransformación partidario, expresó en el acto:

La joven generación, para ser auténtica heredera del espíritu de San Martín y del Che Guevara, debe realizarse como la generación que termine para siempre con la desunión, debe ser la generación que contribuya a la construcción de un frente de liberación nacional y social que abra paso a los cambios de fondo, y aproxime la hora del socialismo en nuestra Patria. // [...] Del corazón del Che habían desaparecido todos los prejuicios, los chauvinismos, los egoísmos. Estaba dispuesto a verter su sangre generosa por la causa de cualquier pueblo. Ése es el ejemplo de los heroicos combatientes de las brigadas internacionales que lucharon por la España republicana contra el fascismo. Es el ejemplo de innumerables voluntarios que acudieron al llamado de la naciente Revolución Cubana. Ése es el ejemplo que pretendemos seguir y enriquecer, que inspira la formación del Movimiento de Brigadistas General San Martín, uno de cuyos destacamentos partirá en enero próximo a compartir con la juventud nicaragüense la batalla de la recolección de café, una batalla por la Revolución Sandinista, contra Reagan y su criminal política agresiva. Una batalla por la dignidad y el honor de la América Latina.

Así anunciaba la partida hacia Nicaragua de los ciento veinte brigadistas que fuimos a colaborar en el corte del café. A partir de entonces, los jóvenes comunistas fuimos como brigadistas a Nicaragua, Chile, El Salvador, aprendiendo de la lucha de sus pueblos, y recuperando la dimensión internacionalista de nuestra práctica. Quedará para siempre en nuestra memoria el recuerdo de esa experiencia, en la que la fraternidad se vuelve universal y nos hermana a todo hombre y a toda mujer que luchan. Quedarán para siempre en nuestro corazón las palabras de Marcelo Feito, militante de la juventud comunista argentina, teniente Rodolfo del Farabundo Martí, quien antes de partir definitivamente para El Salvador se despidió diciéndonos con una sonrisa: «Ahora vamos a ver si seremos como el Che», repitiendo con su ironía, y también con su sacrificio y con su entrega, aquel gesto del Che que nos había cautivado en nuestras primeras aproximaciones.

Madrina de la Brigada General San Martín fue Fanny Edelman, dirigente del Partido Comunista argentino, quien en los años 30 se había subido junto a su compañero a un barco para sumarse a las Brigadas Internacionales que participaron en la guerra civil española. Como otros muchos compañeros, Fanny, a pesar de las vicisitudes de la línea política partidaria, mantuvo su corazón y su alma puramente comunistas y revolucionarios, y fue feliz cuando pudo participar y estimular, con sus reflexiones y su militancia cotidiana, el rencuentro del partido con los ideales y el impulso que la habían llevado muchos años atrás a integrarse a sus filas y a dejar en ellas todos sus esfuerzos. Por compañeros como Fanny y Marcelo, el cambio triunfó sobre el miedo a cambiar. Por ellos fue posible nuestro viraje.

Dos años después, en noviembre de 1986, el XVI Congreso legitimaba el cambio en la línea política y en las concepciones fundamentales del partido. En el centro de la propuesta política aprobada estaba la batalla por la unidad de la izquierda, por la unidad de los revolucionarios y por la unidad de todos los sectores populares en un Frente de Liberación Nacional y Social. El acto de homenaje al Che, realizado en octubre de 1984, había sido el anuncio de este nuevo tiempo en el que el Che volvía a la Argentina, reivindicado justamente por los hijos de quienes años atrás lo habían negado.

El cambio no es sencillo. Luchamos ahora contra nuestras limitaciones que debilitan la capacidad para llevar a la práctica esta propuesta. Luchamos contra la fuerza terrible que adquiere la cultura dominante, impregnando el conjunto de la vida cotidiana. Luchamos contra la inmensa presión del poder para cooptarnos, para integrarnos, o bien para marginarnos del movimiento popular. Luchamos contra el sentido común conservador, contra viejos y nuevos dogmas. En la batalla desigual, intentamos sacar fuerzas de quienes nos precedieron. Y una y otra vez viene el Che a ayudarnos en la pelea.

Por esas paradojas históricas, el proceso de transformación del Partido Comunista favoreció la extensión, difusión y afirmación del mensaje del Che entre los argentinos de este tiempo histórico; y fue un impulsor concreto de su rencuentro con miles de jóvenes, comunistas (pero no sólo), peronistas (pero no sólo), cristianos (pero no sólo), que hoy lucen su rostro en las camisas, en las boinas, en los escudos, en las paredes de sus casas, pero sobre todo lo sienten crecer en el centro de su rebeldía.

Paréntesis en favor de los posters y los escuditos

Mucho hemos advertido sobre el riesgo de que conviertan al Che en un poster o en un adorno. Totalmente justa la advertencia. Sin embargo, es más que buena esta repentina aproximación del Che a la moda irreverente de la juventud, en momentos en que aquellos que lo exterminaron hubieran preferido que ya no quedaran huellas de su paso por este mundo. Bienvenido este furor juvenil por el Che, este amor juvenil por el Che, que tenemos que entender sin prejuicios, para no transformarlo nosotros mismos en lo contrario de lo que fue, la subversión contra el sentido común de la izquierda domesticada.

Y nos toca a nosotros, o si no serán otros, ayudar al Che a saltar de las paredes y a meterse en las barriadas donde se roba para comer, donde la policía mata por costumbre, donde los chicos mueren de cualquier manera, y los padres oscilan entre el oficio de desocupado y la desesperada necesidad de vivir con dignidad. Y seguramente nos tocará a nosotros y a los otros, y a muchos más, de los que hoy no sospechamos siquiera sus rostros ni su voluntad, responder a aquel mensaje realizado un 25 de mayo de 1962, en La Habana, en un asado típicamente argentino, en el que el Che habló del mal típicamente argentino de la desunión de nuestras fuerzas y nos instó a vencerlo, como único camino para lograr la definitiva emancipación de nuestra patria.

Tania, Cooke, Alicia, Masetti, los treinta mil

El 25 de mayo se celebra en la Argentina un momento decisivo en la batalla por la independencia de España. Aquel 25 de mayo en La Habana, como todos los años desde el triunfo de la Revolución, el Che se reunió con los argentinos residentes en Cuba. En un discurso poco conocido y divulgado, él dijo, entre otros conceptos:

Todo es parte de una sola lucha; y es verdad cuando el imperialismo nos llama con un denominador común, porque aun cuando las ideologías cambien, aun cuando uno se reconozca comunista, o socialista, o peronista, o de cualquier ideología política en determinado país, solamente caben dos posiciones en la historia: o se está a favor de los monopolios o se está en contra de los monopolios. Y, a todos los que están en contra de los monopolios, a todos ellos se les puede aplicar un denominador común. En esto los norteamericanos tienen razón. // Todos los que luchamos por la liberación de nuestros pueblos, luchamos al mismo tiempo, aunque a veces no lo sepamos, por el aniquilamiento del imperialismo; y todos somos aliados, aunque a veces no lo sepamos, aunque a veces dividamos nuestras propias fuerzas por querellas internas, aunque a veces por discusiones estériles dejamos de hacer el frente necesario para luchar contra el imperialismo; pero todos, todos los que luchamos honestamente por la liberación de nuestras respectivas patrias, somos enemigos directos del imperialismo. En este momento, no cabe otra posición que la lucha directa o la colaboración.

Tomo aquel mensaje y aquel momento para rescatar en la historia a otros tres argentinos que participaron de ese asado, a quienes les debemos en mi país el necesario homenaje: John William Cooke, fundador de la tendencia revolucionaria del peronismo, delegado personal de Perón durante muchos años, que habló en nombre de los argentinos en esa oportunidad; su compañera, Alicia Eguren, animadora incansable de la perspectiva revolucionaria del peronismo, actitud que asumió hasta las últimas consecuencias, cuando fue torturada y asesinada por la dictadura en las mazmorras de la Escuela de Mecánica de la Armada; y Tania, la guerrillera de Bolivia, que tuvo a su cargo la animación de la fiesta, con su guitarra y su alegría. Y junto a ellos, el homenaje a Jorge Ricardo Masetti, el Comandante Segundo en la guerrilla de Salta, pionero de los esfuerzos del Che en esta región austral del continente americano.

La dictadura intentó dejarnos sin memoria y nos arrancó algunos pedazos en el camino. Por eso, cuando nombro al Che, evoco junto a él a estos, algunos de sus hermanos de sueños, todavía olvidados para la mayoría de nuestro pueblo. En ellos intento rescatar a todos los militantes de la generación del 60, que sacudió las raíces mismas del poder imperial, lo amenazó con furia, y no pudo derrotarlo; recibiendo por ello el castigo más feroz y más sangriento propinado por las oligarquías nativas en su revancha. En ellos, hermanos del Che, el homenaje a nuestros treinta mil desaparecidos, a los asesinados, a las madres sin hijos, a los hijos sin madres, a los que quedaron para siempre en el Río de la Plata, en las selvas, en el monte, fertilizando con su sangre la tierra americana.

El Che y los argentinos

Dijo Cooke sobre el Che:

Nos referimos al contacto de las masas argentinas con el compatriota asesinado, proceso que tuvo dos tiempos, cronológica y cualitativamente hablando. // El primero consistió en la desaparición de la muralla alzada por la propaganda burguesa, que fijó una imagen popular del Che como personaje exótico, sobre el cual variaban las interpretaciones, pero siempre dentro de ese carácter de individuo ajeno, perteneciente al lejano pintoresco mundo del Caribe. // Las truculencias periodísticas a raíz de su desaparición en Cuba lo mantuvieron como tema de la crónica, pero a fines de 1966 pasó a ser un fantasma que rondaba nuestras fronteras. // Poco después su espectacular reaparición pública con el Mensaje a la Tricontinental determinó que la prensa, incluida la sensacionalista que llega a las capas más populares, divulgasen rasgos biográficos que fueron dando entidad al ser novelesco y trashumante [...] // La segunda parte del proceso se produce con su muerte: el impacto emocional es de una intensidad que excede el impulso afectivo que despiertan siempre los héroes abatidos por la fatalidad. El fenómeno no es simplemente por efecto «acumulativo» de la aproximación previa y el desenlace trágico de su protagonista. Considero que se opera un hondo cambio cualitativo en la actitud espiritual hacia él. Por una parte, su caso se integra con algunas constantes culturales de nuestro pueblo: el culto al coraje, el desprecio por la ley como algo ajeno, impuesta a los humildes «desde arriba», la identificación con los rebeldes que se baten solidariamente con las fuerzas tremendistas del orden constituido. Esos héroes de la tradición plebeya persisten en la memoria de las generaciones. En cualquier rincón del país, y a través de todos los niveles de la cultura, Martín Fierro continúa batiéndose con la partida y denostando a los poderosos. Cruz reivindica con su gesto solidario los valores del hombre de la tierra. La montonera opone sus lanzas a la codicia de gringos y porteños. // Sea por un acto reflexivo o por una asociación de ideas espontáneas, de pronto ese patrimonio especial no deteriorado por un siglo de culturización alienante se objetiva en un hombre real, próximo, contemporáneo.

Los argentinos nos fuimos acercando a ese hombre real y al mito de Guevara en sucesivas aproximaciones. A las primeras se refiere Cooke, quien hizo todos los esfuerzos por unir política y emotivamente al peronismo con la Revolución Cubana, como camino para disputar ese movimiento fenomenal de las conciencias humildes de la Argentina a la hegemonía del nuevo bloque de poder burgués, conformado en los marcos de la transformación capitalista internacional y nacional producida como resultado de la Segunda Guerra Mundial. El sueño de abrazar a Evita con Guevara, como síntesis del mito revolucionario argentino consistente en asociar la identidad de masas principal en nuestro país con un proyecto socialista, aún sigue vigente. Sigue siendo el dato de una ausencia: la de una alternativa popular, revolucionaria, creada con la pasión del mito, y con la fuerza de su capacidad transformadora.

Cooke termina su referencia en la muerte de Guevara, a la que le sucedió, un año después, su propia muerte. No pudo conocer los nuevos momentos en los que el Che, su fantasma, su ejemplo, se vincularon como fuerza material con las generaciones jóvenes que intentaron retomar la resistencia y llevarla hasta la victoria.

El Che inspiró las guerrillas que se formaron en campos y en ciudades, integradas por jóvenes que identificaban al guevarismo con la rebeldía y la coherencia. El Che fue bandera de la juventud que a finales de los 60 protagonizó el Cordobazo, el Rosariazo, el Tucumanazo, el Choconazo, fenomenales levantamientos populares contra la tiranía.

El Che fue fusilado junto a los combatientes de Trelew, un 22 de agosto de 1972.

El Che se hizo millones de jóvenes que en el año 73 invadieron las calles luego del triunfo de Cámpora, liberaron a los presos políticos y marcharon en el breve pero relevante período en que se formó la Coordinadora de Juventudes Políticas, la cual nos permitió creer, como cantábamos entonces, que «la juventud se une por la patria socialista».

El Che fue perseguido hasta las catacumbas por la dictadura instalada en el país en el 76. El cuerpo del Che fue desaparecido, como el de nuestros treinta mil compañeros. Los escritos del Che fueron prohibidos. Y hasta pretendieron exiliarlo de la memoria colectiva de los argentinos.

El Che volvió con los jóvenes que en el 83 continuamos soñando un sueño colectivo y solidario.

A fines de los 80, el Che pudo quedar aplastado bajo los escombros del muro de Berlín, pero supo refugiarse en Cuba, indómita, solidaria, enarbolando su estrella ante el derrumbe real del socialismo en el Este. Supo refugiarse también en los dolores populares, en la cultura rebelde, en la resistencia latinoamericana. Y desde allá volvió a partir para asustar a los poderosos, y animar a los oprimidos de todos los continentes.

Hoy, cuando se acerca el final del siglo XX, el Che regresa a la Argentina, renaciendo en miles de jóvenes que crecen junto a la resistencia a las políticas neoliberales, participando en organizaciones viejas y nuevas, intentando escribir su propia historia. El Che ahora tiene HIJOS, que aprenden a escribir en las paredes las tres letras que lo identifican. El Che es bandera en todas las marchas, en los recitales de rock y hasta en las canchas de fútbol, donde se vocea su nombre junto al del ídolo de turno. El Che es símbolo de la juventud rebelde de todas las organizaciones revolucionarias argentinas, que aún debemos rendir el examen de la unidad.

La ética de la unidad

Son muchos los aportes del Che que los argentinos y los latinoamericanos necesitamos recuperar. Sólo quiero destacar un tema que me parece de máxima trascendencia para nuestros esfuerzos actuales: la ética de la unidad. En su mensaje a los argentinos, el Che insistió una y otra vez en este tema. Pero desde entonces hasta la fecha  la división ha continuado, y la disgregación de nuestras fuerzas se ha acrecentado.

El terrorismo de Estado ha destruido las principales organizaciones de la izquierda nacidas en los años 70, sobre la base de una masacre sólo comparable a la que produjo la Campaña al Desierto, con la cual la naciente República Argentina sometió la resistencia indígena y la exterminó. La fuerza represiva y militar ejercida por la dictadura se apoyó en la derrota ideológica que nos produjeron previamente. Y esa derrota ideológica, que determinó nuestra incapacidad colectiva para comprender la realidad y los requerimientos de la lucha de nuestro pueblo, se cimentó en vastos sectores de la izquierda argentina, atrincherados cada uno en su verdad absoluta, en su autoproclamación como vanguardia, en su negación de lo diferente, en su condena al pensamiento crítico y creador, en su dificultad para respetar la pluralidad y aun la contradicción como posibilidad del crecimiento colectivo.

El exterminio hace más que difícil la reflexión sobre esta etapa dolorosa cuyas conclusiones, en lo fundamental, fueron elaboradas por los vencedores y por los que se pasaron a su bando, expresando patéticamente el resultado viviente de la derrota. Reproductores del no se puede, del arrepentimiento, del posibilismo, golpean con su prédica las posibilidades de recuperación del movimiento popular.

Pero también deterioran estas posibilidades la ausencia de autocrítica, el estéril debate por quién va un paso más adelante en una carrera en la que, por ahora, todos perdemos. El sectarismo, la disputa dentro de la izquierda son síntomas de un débil o ineficaz compromiso con nuestro pueblo, con sus dolores y sus acuciantes necesidades. Por tanto, el mensaje del Che llamando a la unidad, a terminar con las querellas estériles, no es sólo un mensaje político profundo, sino un mandato ético para este tiempo.

El hombre nuevo, la nueva mujer

El neoliberalismo es la cultura del individualismo, de la fragmentación, del sálvese quien pueda. Sobre la base de la destrucción producida por la dictadura, y de la devastación económica y social que promueve el capitalismo en esta fase en la que a la explotación ha sumado la exclusión y la marginación de vastos sectores de nuestro pueblo, se nos quiere imponer la cultura de la adaptación y la resignación.

El cuerpo social argentino necesita integrarse para reconstruir su identidad, lacerada por heridas que aún duelen y por vacíos que aún hoy se sienten en nuestras familias. La oportunidad de volver a actuar como voluntad colectiva, como fuerza solidaria, es el gran desafío que se nos presenta a quienes seguimos pensando en una sociedad en la que nos hagamos cargo de crear conscientemente nuestra historia. La relación hombre nuevo-nueva mujer, la organización nueva y la nueva sociedad son el eje fundamental que tenemos que recomponer como condición para conformar un proyecto revolucionario alternativo.

El hombre nuevo, propuesta fundamental a la que el Che consagró su vida, es la conjugación de los valores que niegan la cultura enajenante del capitalismo de fin de siglo. Crear el hombre nuevo, la nueva mujer, es nuestro desafío. Y necesitamos realizarlo en las difíciles condiciones de la ciudad posmoderna donde el cemento sepulta las pasiones y reinan la mentira informatizada, el consumismo como propuesta de realización individual (aun sin posibilidades de consumo), la pequeña corrupción cotidiana que se vuelve el mecanismo de complicidad para evitar el cuestionamiento de la gran corrupción, la que permite que dos tercios de la población sobrevivan en condiciones infrahumanas, como condición para la reproducción del capitalismo y del poder de quienes ejercen brutalmente la dominación en este fin de siglo. La ciudad de cemento homogeneíza las noticias con las que nos bombardean, para anestesiar el dolor cotidiano de millones de personas que la habitan incomunicadas entre sí. La ciudad tiene sepultados en su memoria trozos de nuestra identidad desaparecida bajo su mismo cemento.

Es en esas condiciones en las que tendremos que asumir el desafío de formarnos como hombres nuevos y nuevas mujeres, rescatando del cemento nuestra identidad, reintegrándonos en la cultura popular, despreciando la prédica del egoísmo y la alienación cotidiana del sálvese quien pueda, recuperando la dimensión de la solidaridad para vivir y no para sobrevivir, hermanados en la causa de la reconstrucción de un proyecto auténticamente humano. La organización nueva, no por recién nacida, será la que pueda contribuir a reunir los ideales, las capacidades y la mística necesarios para promover una cultura basada en la unidad, la rebelión, la resistencia y la solidaridad: en la que se fundamente la creación de una nueva sociedad. Esta organización seguramente será resultante de un proceso de unidad de los revolucionarios provenientes de las diversas experiencias y tradiciones combativas en la Argentina. En ella tendrán un lugar relevante las nuevas generaciones que hoy se están incorporando a la lucha, y que son, como el Che nos enseñó, la arcilla fundamental para la obra revolucionaria.

Por encima del terror, del dolor, de todos los desgarramientos, asistimos a un ascenso de la rebeldía juvenil contra este orden social injusto, excluyente y represivo que los niega en su potencial creador. El desafío es integrar la memoria de lucha de las generaciones precedentes con este brote aún incipiente pero fecundo de insurgencia juvenil, para que los esfuerzos puedan llegar más lejos. Y para esta tarea, ¡cuánto nos ayuda el regreso del Che, con su irreverente sonrisa, con sus consejos, y sobre todo con su ejemplo!

La nueva sociedad, ahora lo sabemos, no será el fin de la historia. No será el paraíso en la Tierra. Será una compleja construcción colectiva, plagada de contradicciones, de dolores y desgarramientos, animada por una febril pasión, por un sueño que cuanto más compartido sea, más cerca estará de ser soñado en las horas de vigilia. El socialismo no será principalmente una forma superior de distribución de la riqueza, no será principalmente un modo de producción, sino, como lo propuso el Che, un hecho de conciencia. Será el triunfo de una cultura opuesta a todo tipo de explotación, a todo tipo de dominación y a todo tipo de discriminación.

Será una sociedad de mujeres nuevas, liberadas como parte de la emancipación colectiva y como aporte a ésta; será una sociedad de hombres nuevos, de hombres libres, sin explotación y sin ningún tipo de dominación que humille la condición humana. Será una sociedad en la que mujeres y hombres convivamos solidarios, en armonía con la naturaleza, con la tierra, con el cielo, con las aguas de donde todas y todos provenimos.

Será una sociedad en la que la estrella del Che brillará alto en el cielo, y se desparramará en la tierra toda, en un mundo globalmente revolucionado y revolucionario.  

     
    Juan Gelman
   

Pensamientos

Soy de un país donde hace poco Carlos Molina
uruguayo anarquista y payador
fue detenido
en Bahía Blanca al sur del sur
frente al inmenso mar como se dice
fue detenido por la policía
Carlos Molina estaba
cantando hilando coplas
sobre el océano enorme los viajes
los monstruos del océano enorme
o coplas por ejemplo
sobre el caballo que se acuesta en la pampa
o sobre el cielo un suponer Carlos Molina
cantaba como siempre bellezas y dolores cuando
de pronto el Che empezó a vivir a morir en su guitarra
y así la policía lo detuvo
soy de un país donde se llora por el Che o en todo caso
se canta por el Che y
algunos están contentos con su muerte
"vieron" dicen "estaba equivocado la cosa no es así"
dicen y cómo carajo será la cosa no lo dicen o
prefieren recitar viejos versículos o
indicar señalar aconsejar mientras
los demás callan
miran al aire con los ojos perdidos
el comandante Guevara entró a la muerte
y allá andará según se dice
soy de un país donde costó creer que se moría y muchos
un servidor entre otros
se consolaba así:
"pero si él dice no hay que
pelear hasta morir hay que
pelear hasta vencer entonces no está muerto"
otros lloraban demasiado como quien
ha perdido a su padre y yo creo
que él no es nuestro padre y
con todo respeto creo que
está mal llorarlo así
soy de un país donde los enemigos no
pudieron depositar un solo insulto una sola
suciedad una sola pequeña porquería
sobre él y hasta algunos
lamentaron su muerte no
por bondad o humanidad o piedad
sino porque esos viejos perros
o muertos con permiso sintieron por fin un enemigo que
valía la pena
que un rayo de peligro
entraba en escena y entonces
iban a poder morir en serio
a manos o a balas de verdad "y no
en brazos de esta especie de disolución
en que nos vamos disolviendo" como
dijo uno de grande apellido
soy de un país donde sucedieron o suceden
todas estas cosas y aún otras
como traiciones y maldades en excesiva cantidad
y el pueblo sufre y está ciego y naides
lo defiende y sólo
el Che se puso de pie para eso
pero ahora
el comandante Guevara entró a la muerte
y allá andará según se dice
soy de un país complicadísimo
latinoeruocosmopoliurbano
criollojudipolacogalleguisitanoira
según dicen los textos y los textos que dicen
pues dicen y como dicen
así será la historia pero yo
les aseguro que no es cierto
de este país de fantasía
se fue Guevara una mañana y
otra mañana volvió y siempre
ha de volver a este país aunque no sea más que
para mirarnos un poco un gran poquito y
¿quién se habrá de aguantar?
¿quién habrá de aguantarle la mirada?
pero ahora nomás
el comandante Guevara entró a la muerte
y allá andará según se dice
pregunto yo
¿quién habrá de aguantarle la mirada?
¿ustedes momias del partido comunista argentino?
ustedes lo dejaron caer
¿ustedes izquierdistas que sí que no?
ustedes lo dejaron caer
¿ustedes dueños de la verdad revelada?
ustedes lo dejaron caer
¿ustedes que miraron a China sin entender que
mirar a China en realidad
era mirar nuestro país?
ustedes lo dejaron caer
¿ustedes pequeñitos
teóricos del fuego por correo partidarios
de la violencia por teléfono o
del movimiento de masas metafísico?
ustedes lo dejaron caer
¿ustedes sacerdotes del foquismo y más nada?
ustedes lo dejaron caer
¿ustedes miembros del club
de grandes culos sentados en "lo real"?
ustedes lo dejaron caer
¿ustedes los que escupen
sobre la vida sin
advertir que en realidad están
escupiendo contra el gran viento de la historia?
ustedes lo dejaron caer
¿ustedes que no creen en la magia?
ustedes lo dejaron caer
soy de un país donde al comandante Guevara
lo dejaron caer:
los militares los curas los homeópatas
los martilleros públicos
los refugiados españoles masoquistas judíos
los patrones y
los obreros también por ahora
"qué hombre qué hombrazo" sin embargo
me dijo a mí un obrero pedro
se llamaba se llama tiene
mujer que no recibe
hijitos por nacer y el pedro
me decía "qué hombre qué hombrazo cómo
lo quiero" decía el albañil pensando
en su madre una puta
famosa en toda Córdoba y madre
de siete hijos que crió con amor
Pedro ya con mayúscula
¡cómo saludo tu rencor
cómo te beso al pie de tus fracasos!
"qué pelotas" me dijo Pedro un día hablándome del Che
de ciertos adminículos que hierven
bajo la paz conjetural
de este país cosmopolita
el comandante Guevara entró a la muerte
y allá andará según se dice
yo estoy escribiendo esto
porque la Casa de las Américas de Cuba
institución muy respetable
ha resuelto publicar un número especial
de su revista dedicado
a testimonios sobre el Che
ahora que lo han muerto
según dicen y Roberto
Fernández Retamar íntimo mío pero más
pedazo mío que anda por ahí
por el Caribe formidable y fosforescente y amatorio y conspicuo
Roberto como dije
ha creído necesario que yo
escriba algo sobre esto o tal vez algún otro
creyó que así debía ser y pidió
artículos poemas etcétera a
colaboradores que
se sentirán más miserables todavía
si eso fuera posible si eso
fuera posible en realidad
soy de un país donde te hago caso
Roberto pero
decime o dime por favor
¿qué me pedís o pides?
¿qué escriba realmente?
te doy noticias de mi corazón nada más
¿alguno sabe en realidad
cuáles son las noticias de mi corazón?
¿alguno cree o creerá que me he negado a llorar excepto
con mi mujer o con tigo Roberto ahora
que narro estas cuestiones
y sé que la tristeza como un perro
siempre siguió a los hombres molestándolos?
soy de un país donde es necesario
no amar sino matar
a la melancolía y donde
no hay que confundir
el Che con la tristeza
o como dijo Fierro
hinchazón con gordura
soy de un país donde yo mismo lo dejé caer
y quién pagará esa cuenta quién
pero
lo serio es que en verdad
el comandante Guevara entró a la muerte
y allá andará según se dice bello
con piedras bajo el brazo
soy de un país donde ahora
Guevara ha de sufrir otras muertes
cada cual resolverá su muerte ahora:
el que se alegró ya es polvo miserable
el que lloró que reflexione
el que olvidó que olvide o que recuerde
y aquél que recordó sólo tiene derecho a recordar
el comandante Guevara entró a la muerte por su
cuenta pero ustedes
¿qué habrán de hacer con esa muerte?
pequeños míos ¿qué?
(como nadie se salva
entre paréntesis quiero
no por noción de estupideces posiblemente a mí
referidas
tampoco por piedad o
mera precaución
esas carnes podridas que no pueden
rezar a mediodía
quiero como repito
repetir una historia que no todos conocen y
de la cual hay algunos que
desconfían:
el poeta que escribe su poema
dejando en él la maravilla de
la vida y la muerte del comandante Guevara
ese porteño cordobés de mirada jodida
como de dios como de dioses
sorprendidos en medio de su milagro su
bota podrida por la selva del mundo
quiero decir que este poema o cosa
de la que hay que desconfiar
en la que hay que creer
no se termina en estas páginas
amable lector le ruego
que siga las noticias de los diarios
de la sip y la sap -Sección Angustia
Perimida por ejemplo o
Son Ángeles Potentes o Sobran Algunos
Policías- ruégole gran lector
que lea atentamente
líneas de sangre que se escriben cada día en Vietnam
y también en Bolivia qué joder
y también en la Argentina
caro lector yo le ruego que lea)
el comandante Guevara entró a la muerte
y allá andará según se dice
sé pocas cosas sé
que no debo llorar Ernesto sé que
de mí dependés ahora
te puedo sepultar con grandes lágrimas pero
en realidad no puedo
el poeta en realidad
se abstiene de llorar se abstiene
de escribir un poema sea
para la Casa de las Américas sea
para lo que sea el poeta
apenas si lloró en realidad
sigue mirando el mundo sabe
algún día la belleza vendrá
pero no hoy que estás ausente
el poeta
apenas sabe vigilar
che guevara
ahora deseo un gran silencio
que baje sobre mi corazón y lo abrigue
padre Guevara ¿qué será de tus hijos?
¿por qué te fuiste hermoso
sobre caballos de cantar?
¿quién habrá de juntarte otra vez?

Juan Gelman